Dante salió del baño en su impecable traje, luciendo intacto, como si nada hubiera pasado.
No sin antes soltarme una última advertencia.
La idea general era clara: que no me metiera en su vida.
Me solté el cabello frente al espejo para cubrir la oreja que aún tenía las marcas rojas de sus dientes.
Por lo menos había sido solo un buen susto.
La reconstrucción me había costado bastante dinero; desperdiciarla con él habría sido una terrible inversión.
Al volver a la mesa, Gabriel notó mi cabello suelto y me susurró:
—Te ves hermosa así también.
Había tomado un poco de vino tinto y sus hermosos ojos ya se veían algo empañados.
—Ayer tomaste muchísimo —le recordé—. Hoy llévatela leve, o tu estómago no va a aguantar.
Dante me miró de reojo, apartó la vista de inmediato y se bebió su copa de un solo trago.
Gabriel, en cambio, no probó ni una gota más.
Por más que los demás intentaran servirle o convencerlo, los rechazaba sin caer en sus juegos.
Dante, por el contrario, andaba muy complaciente. Cada vez que alguien brindaba con él, vaciaba su copa.
Apenas daban las siete y media, pero Dante ya parecía haber tomado de más. Estaba recostado en su silla con los ojos cerrados y no respondía cuando le hablaban. Gabriel le pidió a dos de sus amigos que lo ayudaran a llevarlo al parque que quedaba justo detrás del restaurante.
—Mejor déjalo —dije—. Que descanse aquí. A la gente borracha le da náuseas si la andan moviendo de un lado para otro.
Gabriel lo pensó y me dio la razón.
—Está bien.
No dejaba de llevarse la mano al bolsillo, donde escondía algo muy importante que había preparado.
Apenas salimos del lugar con todo el grupo, Gabriel recibió una llamada.
—¿Ahora mismo?
—Franco, ahora no puedo. Estoy ocupado con algo muy importante. Iré en una hora.
—De verdad, no puedo dejar esto a medias.
—¿Es tan urgente? Entonces asígneselo a alguien más. Yo no puedo ir.
—¿Pidió que fuera yo específicamente? Pero si ni siquiera conozco al cliente, ¿por qué habría de pedir por mí?
—Franco, tengo un asunto de vida o muerte aquí. Por favor, intente solucionarlo de otra forma.
Colgó y trató de tranquilizarme:
Tomé mi bolsa de una silla y di media vuelta para irme.
Dante habló:
—Nunca serás parte de la familia León.
Sonaba tan seguro que parecía declarar un hecho inamovible.
—Usted bromea, doctor León. Hay muchísimos hombres apellidados León en el mundo. ¿Acaso no puedo casarme con cualquiera de ellos para ser parte de una familia León? A la única a la que no podré entrar, es a la suya.
Dante esbozó una mueca:
—Deja de darme asco.
Apreté mi bolsa con fuerza, como si dependiera de ello para mantenerme en pie.
—Sé que te doy asco, por eso he evitado a toda costa cruzarme contigo. Sabías que Gabriel es mi novio y que yo estaría en su cumpleaños sin falta. ¿Por qué demonios viniste entonces?
Dante me respondió con frialdad:
—Sabías que es mi primo. Al andar con él, sabías que en algún momento íbamos a coincidir de nuevo. ¿Cómo te atreviste?
Mi oreja aún palpitaba. Sentía la zona donde me había mordido como si una fila de hormigas me estuviera comiendo viva.
—Lo lamento —me disculpé—. No era mi intención hacerlo, pero me enamoré y no pude evitarlo.

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