Sofía, por supuesto, había notado lo que pasó entre Alejandro y Florencia en el estrado. Pero no le dio mayor importancia y siguió moviéndose entre la gente, repartiendo tarjetas, hablando de las capacidades del robot de UME y de los beneficios de una posible colaboración.
Algunos, aunque la despreciaban, fingían interés, aceptaban la tarjeta y en cuanto Sofía daba la vuelta se la pasaban a sus asistentes sin mirarla.
Otros ni se molestaban en disimular, le rompían la tarjeta en la cara y la tiraban a la basura.
Y había quienes, al verla acercarse, hacían como que no la habían visto y se escabullían hacia otro lado.
Sofía lo entendía perfectamente, era su manera de quedar bien con el Grupo García.
Por mucho que UME hubiera ganado terreno, la posición del Grupo García en Aetheria seguía siendo intocable. Aunque la tecnología y la recepción de UME superaran a las del Grupo García, nadie se atrevía a enfrentársele.
Aun así, que aceptaran la tarjeta ya era el primer paso. Cuando UME tuviera peso real en Aetheria, ellos mismos reconsiderarían.
Una vez que contactó a todos los que pudo, guardó las tarjetas que le sobraban.
Tenía la garganta reseca.
Estaba a punto de buscar un mesero para pedir agua cuando alguien le dio un empujón fuerte por la espalda.
Sofía estuvo a punto de caer. Al darse la vuelta, encontró a Joana mirándola con una sonrisa burlona.
Hacía un rato había visto a los Herrera, pero no quiso buscar problemas y no los saludó. No esperaba que Joana fuera a buscarla.
—Si yo fuera tú —dijo Joana con un resoplido—, no habría venido a hacer el ridículo. Ver a tu propio marido siendo tan cariñoso con otra mujer... eso tiene que doler.
Y con un gesto señaló hacia el estrado.
Sofía sonrió.
—Si yo fuera tú, no diría algo que me dejara en tan mal lugar. Porque al menos mi marido, sea lo que sea lo que haga ahora, alguna vez fue mío. No como ciertas personas que nunca lo tuvieron y se comen los codos de la envidia.
—Tú...
Joana se puso colorada de la rabia.
Pero se contuvo.
No había ido a pelear con Sofía. Además, últimamente Sofía parecía otra persona; atacaba sin tregua, sin filtros, como si algo la hubiera encendido por dentro. Era irreconocible comparada con antes. Con ella no podía.
Pero habría quién pudiera.
—Mi papá te está buscando. Quiere que vayas un momento —dijo Joana, señalando con la barbilla hacia atrás.
Sofía siguió la dirección con la mirada y vio a Diego no muy lejos, brindando con alguien.
—¿Para qué? —preguntó.
—¿Y yo qué sé? Si quieres saberlo, ve y pregúntale. Aunque dicen que tiene que ver con algo de tu mamá.
Al escuchar lo de su madre, el semblante de Sofía se endureció.
Sin más dudas, se dirigió hacia Diego.

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