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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 202

LILIANA CASTILLO

—Eres una mujercita muy valiente, no solo por lo que hiciste en la mansión, sino por plantarte frente a mí y pedirme que tolere a ese mal nacido —susurró con ternura, haciéndome reír entre lágrimas.

—Si te consuela de alguna manera, él ni siquiera es tu hermano —agregué levantando la mirada hacia él. Su expresión me decía todo. No estaba sorprendido, pero sí triste—. Hubo un hombre antes de Rafael, se llamaba Manuel. Militar, el amor verdadero de Alondra, tu padre.

Santiago se quedó en silencio, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida.

—Me lo imaginé… —susurró con melancolía—. Nunca sentí una verdadera conexión con Rafael. Me consuela saber que su sangre podrida no corre por mis venas.

—Manuel era un buen hombre, alegre, divertido y muy dulce con tu madre. Siempre la sacaba a bailar bajo la lluvia mientras le cantaba alguna canción de amor —dije con añoranza, mientras la mirada confundida de Santiago buscaba respuestas.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó pellizcando mi mentón para que levantará mi mirada hacia él.

—Mi padre fue mejor amigo del tuyo. Se conocieron en el ejército —contesté con una sonrisa.

—Guillermo… —susurró su nombre mientras yo asentía.

—Él siempre odió lo que Rafael y su familia hicieron. Después de matar a Manuel, manipuló a Alondra para casarse con él. Aunque nunca me lo dijo en voz alta, a veces creo que yo fui el medio para poder vengar a su amigo. —Recordé todo el entrenamiento tan brutal que recibí y que gracias a él pude hacer lo que hice.

—¿Eso te molesta? —preguntó Santiago con genuina curiosidad.

—Me honra, porque sé que mi padre hubiera disfrutado mucho haciéndolo él mismo, por eso desvió su camino, por eso se unió a la organización, no por el dinero, ni la ambición, sino porque quería llegar a Rafael, aún así confío en mí para vengar a tu padre, a su amigo —contesté encogiéndome de hombros. Después de vernos a los ojos con entendimiento tácito, volteamos hacia el camino de entrada, donde permanecía Javier, sin despegar su mirada de nosotros.

—Lily, confío en ti. No me importa si es arriesgado o imprudente, confío en ti —susurró antes de fruncir el ceño y regresar su atención hacia mí—. Si tú me dices que puedo confiar en él, lo haré. Tienes razón, nuestras diferencias vienen de nuestros padres, pero es difícil ignorarlas después de años de odiarnos. Aún así, si tú me dices que confíe en él, lo haré por ti.

»En este punto no me interesa la organización, solo mantener a mi familia a salvo, y mi familia son ustedes, Alex, Julia, Mateo y tú. Son lo único que me importa.

Sonreí conmovida y lo abracé con fuerza. Era un consuelo saber que se esforzaría por tolerar a Javier. Entendía el sacrificio que significaba y por eso lo valoraba aún más.

***

JAVIER CASTAÑEDA

—¿Te duele mucho? —preguntó Liliana mientras limpiaba mis heridas con cautela. Su rostro lleno de preocupación me conmovió. Acaricié su mejilla lentamente, su piel era tan tersa al tacto.

Cuando sus ojos se posaron en los míos, la gasa cayó de su mano, dándome oportunidad para morder suavemente sus dedos. La deseaba, cada segundo que pasaba a mí lado me enloquecía.

—¡Ajá! ¡Eras tú! —exclamó Santiago levantando también su arma—. ¡Ya sabía yo que algo andaba raro!

—Yo salí de la habitación por el mismo motivo, solo que antes, lo cual deja en claro quién tiene mejor olfato para los problemas —respondí torciendo los ojos.

—A mí no me quieras marear —agregó Santiago torciendo los ojos y moviendo su arma como si fuera director de orquesta—. No tú hueles los problemas, tú eres el problema. ¡¿Qué estabas planeando?! ¡Dime! ¡¿Pensabas traicionarnos a todos mientras estábamos dormidos?!

Torcí los ojos mientras contenía mis ganas de golpearlo. En verdad podía ser desesperante. Si antes no tenía motivos para odiarlo, ahora sí.

—¡Algo está mal! ¡Algo nos está acechando! —sentencié con firmeza y el ceño fruncido—. Algo está mal.

Volteé hacia las ventanas de la cocina que daban hacia el jardín trasero, imaginándome que entre las sombras alguien me estaba regresando la mirada.

—Algo huele a… gasolina —susurré entornando la mirada.

—Y tiene razón —Nos interrumpió Matt entrando apresurado con su teléfono, mostrándoselo a Santiago primero—. Lo sensores de movimiento en el jardín captaron algo.

Apenas terminó de hablar cuando escuchamos un vidrio rompiéndose.

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