LILIANA CASTILLO
Fue como quitarnos de entre dos toros embravecidos. Ambos se precipitaron y comenzaron a intercambiar golpes. Santiago más rápido, soltando varios golpes a la vez, y esquivando con más facilidad, pero Javier parecía de roca, imposible de tirar, y con uno bien colocado, hacía tambalear a Santi.
—Yo solo quería que hablaran… ¡Se van a matar! —exclamé con el corazón acelerado. Entonces sentí la mano de Matt en mi hombro.
—A veces la mejor forma de congeniar entre hombres es… pelear, sacarlo todo como trogloditas, y una vez cansados y adoloridos es más fácil pensar —contestó como si estuviera explicando las bases del comportamiento masculino.
—¿Crees que funcione? —preguntó Julia viendo el intercambio de golpes.
—Sí, si nadie muere, suele funcionar —contestó Matt encogiéndose de hombros, haciendo que Alex y yo lo volteáramos a ver aterradas—, pero hay que ser sinceros, no tienen motivos para pelear. No se han hecho nada realmente entre ellos. Solo son un par de niños afectados por las malas decisiones de sus padres que crecieron odiándose solo porque sus padres se odiaban.
»Cuando se cansen, se darán cuenta de eso.
Entonces el primero cayó, fue Santiago, con el pecho agitado, jalando aire por la boca rota, después Javier cayó de rodillas, con la ceja sangrando.
—No quiero hablar contigo —dijo Santiago con voz entrecortada por el cansancio. Parecía que había corrido un maratón.
—¡Ni yo contigo! ¡No me importa tener una guerra, pero Liliana, no pienso enfrentarla a ti, te quiere! ¡Por ella estoy aquí! —exclamó Javier igual de agotado, dejándose caer por fin en el césped.
—¡¿Por qué querría hacer una guerra contigo?! ¡Tengo cosas más importantes que hacer como cuidarme la espalda de un puto güero enfermo con una pandilla de estúpidos! —exclamó Santiago manoteando en el aire.
—¡Porque yo me quedé con la organización! ¡Una que ni siquiera quiero! —contestó Javier igual de frustrado.
—¡¿Por qué querría una organización que ya se quedó sin aliados, sin hombres, y que solo me recuerda al pendejo de papá?! —refunfuñó Santiago levantando la cabeza buscando una explicación en el rostro de Javier—. Prefiero mil veces empezar de cero a pelear por eso.
—Prefiero mil veces irme lejos de aquí, con Lily, y no volver a tocar una pinche arma —susurró Javier con los ojos clavados en el cielo.
—Prefiero mil veces irme de la ciudad, con Alex, tal vez a la playa, no sé… solo… dejar todo atrás —contestó Santiago más calmado.
Y así se quedaron, cansados, viendo el cielo después de haber compartido sus deseos como dos niños.
Me acerqué con cautela, viendo sus rostros y cuerpos heridos y me senté en medio de sus cabezas. Acaricié los cabellos de ambos con ternura y negué con la cabeza.
—Nunca tuvieron motivos personales para odiarse… ¿ahora lo entienden? —pregunté con media sonrisa—. Las personas que los echaban a pelear uno contra otro ya no están. Esto no tiene que continuar así.
—No pienso hablar con él, si eso es lo que quieres —refunfuñó Santiago entornando los ojos.
—Santi… es él, siempre fue él —dije con ternura y firmeza en la voz, haciendo que volteara hacia mí con su frente arrugada—. Hace años pensé que eras tú el niño gentil y dulce que se quedó en casa de mi padre, el que jugaba todos los días conmigo y besaba mis rodillas cada vez que se raspaban.
»Por eso te seguía a todos lados e intentaba que me vieras, que me reconocieras. —Sonreí, pero no pude evitar soltar un par de lágrimas—. Me equivoqué. Me mintieron y yo les creí. Dijeron que ese niño eras tú y no hice preguntas. Ahora por fin estamos juntos.
»Gracias a él sobreviví en esa mansión. Me cuidó, me escogió. —El pecho se me llenó de alegría y mi sonrisa se hizo más grande—. ¡Me escogió, Santi! ¡Desde que éramos niños me escogió!
—Lo amas —susurró entre lástima y comprensión, mientras yo asentía.
—No espero que se lleven bien, no es mi intención que sean mejores amigos, solo quiero que veas que estamos del mismo lado —supliqué tomando su mano—. Todo ese odio y rencor que siempre se tuvieron, venía de Rafael y Carmen. Crecieron odiándose sin motivo.
—Es difícil ignorar un sentimiento que llevas desde hace años como única verdad —soltó con tristeza—. ¿Sabes qué es lo peor? Qué me pidas ver cómo ese hijo de puta corta una de las flores más bellas de mi jardín.
»No quiero que te aleje de mí, como no quiero que Matt se lleve a Julia. —Sonrió de medio lado con melancolía.
El estómago se me hizo pequeño y sin dudarlo, abracé a Santiago con todas mis fuerzas. Lloré en su pecho, de manera silenciosa, dejando que las lágrimas mojaran su camisa.
No quería perderlo tampoco, mucho menos estar en su contra.

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