JAVIER CASTAÑEDA
El lugar al que llegamos estaba reducido a cenizas. Todo había colapsado, solo quedaban algunas columnas y los cimientos, pero no había nada que rescatar, era pérdida total. Respiré profundamente, el olor a quemado inundó mis fosas nasales.
Sobre lo que alguna vez fue un jardín, estaban los cuerpos enfilados y cubiertos por una manta.
—Al parecer ellos son los culpables —dijo Guillermo acercándose a los cadáveres. En ese momento uno de los militares que estaban custodiando levantó la manta del primer cadáver, señalando una marca en su brazo, dos letras entrelazadas—. PD, todos tienen esas letras.
—¿Una pandilla nueva? —pregunté con apatía. Me sentía extraño, ansioso. Cada minuto que pasaba lejos de Liliana me asfixiaba.
—Pero no son de aquí —respondió Guillermo encogiéndose de hombros—. Parecen gringos.
Entorné los ojos e hice memoria, esa rubia estúpida, la que había matado en la cena, ¿no tenía un tatuaje similar? Entonces descubrí el rostro de varios para darme cuenta de que eran los mismos que estaban en esa bodega cuando rescatamos a Lily.
—¿Venganza? —pregunté en un susurro.
—Tal vez —agregó Guillermo encogiéndose de hombros.
Caminó tranquilamente hacia el auto, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el cielo. Lo alcancé con la misma calma, aunque por dentro era un torbellino.
—¿Por qué me pediste que viniera contigo? —pregunté casi en un susurro.
—Eres el líder de la organización, debes de estar al pendiente de todo lo que pasa en tu ciudad —soltó encogiéndose de hombros y cuando estuvimos completamente solos sus ojos se clavaron en los míos, profundos y oscuros—. Además, necesitaba hablar contigo en privado de Liliana.
—¿Temes por ella? —pregunté, sin achicarme en su presencia. Quería mostrarme fuerte y confiable, porque de eso dependía que me considerara apto para cuidar de su hija.
—Javier… ¿crees que no me di cuenta durante todos estos años? ¿Piensas que soy estúpido? —preguntó con media sonrisa y redujo la distancia entre los dos—. ¿Pensaste que podías pasar desapercibido y que no te vería?
—¿De qué estás hablando Guillermo? —pregunté tranquilo, sin perder la cabeza, aunque ya esperaba su respuesta.
—Estuviste metido en la vida de mi hija como un fantasma, rondándola en silencio…
»Si el mundo es difícil para las personas normales, lo será aún más para ustedes. Sus vidas dependen de su inteligencia, prudencia y astucia. Tienes que ser más inteligente que todos los que te quieren ver caer.
»Si decides aceptar un consejo de mí, entonces solo puedo decirte que te mantengas tal cual. No muestres sentimientos. Que nadie te escuche llorar. Guarda muy bien tus emociones y no confíes en nadie. Recuerda, el loco siempre le va a ganar al fuerte. —Sacudió mi cabello con gentileza mientras yo me tomaba sus palabras muy en serio.
Esa era la diferencia principal entre Santiago y yo. Su madre lo defendía, mientras que la mía me violentaba y perdía la cabeza. A la larga, cuando crecimos, yo era el hombre temible e imponente, mientras que él levantaba sospechas hasta de su sexualidad por la forma tan calmada y pacífica con la que a veces arreglaba las cosas.
—Pero… y ¿si después ya no siento nada? —pregunté con la angustia que solo un niño de mi edad podía sentir.
—Siempre hay algo que te hace recordar quién eres en verdad. —Entonces regresó su atención hacia Liliana—. Alguien que te hará recuperar la calidez que crees que perdiste.
Cuando Lily volteó hacia nosotros y nos sonrió, sentí esa calidez de la que hablaba.
—Todos nos perdemos alguna vez en la vida, pero siempre hay manera de encontrar el camino de regreso —agregó con voz paciente y profunda.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!