LILIANA CASTILLO
Javier entornó los ojos, valorando si era sincera, sabiendo que, aunque lo fuera no era una opción quedarse. Tenía que salir, tenía que ir con mi padre. La empresa de Julia, a final de cuentas, le pertenecía a la organización y que servía para cubrir sus huellas de alguna manera, escondiendo información, borrándola de sitios gubernamentales y cambiando archivos electrónicos a su favor. No era tan fácil renunciar a ella o ignorarla.
—Por favor, haz lo que te pedí… —insistió pegando su frente a la mía—. Quédate aquí, no salgas. No te pongas en peligro.
He de admitir que me conmovió que, pese a saber quién era, aun así, me tratara como si estuviera hecha de cristal y no pudiera defenderme sola. Después de dejar un beso tierno en mis labios, se fue, dejándome en completo silencio, con mis pensamientos zumbando con fuerza en mis oídos.
Me dejé caer en la cama y me quedé con la mirada fija en el techo. Tenía dos opciones, hacerle caso y quedarme encerrada ahí o… hacer lo que tenía que hacer. No tendría otra oportunidad como esta.
Me levanté de la cama, tomé la pequeña bolsa con las cenizas de Alondra y la navaja escondida en el colchón. Era momento de hacer una visita especial que tal vez me condenaría, pero no tenía miedo.
***
JAVIER CASTAÑEDA
—Necesito que te quedes con él unos días y me digas si encuentras algo raro —había dicho mi madre hacía años, en la casa de Guillermo, conmigo detrás de sus faldas. Estaba asustado, pero también ofendido. Aunque era solo un niño mi mamá hablaba de mí como si fuera diferente—. No se comporta como un niño normal. Es muy frío. No juega con otros niños, se aísla.
—¿Crees que se comporta así porque…? —preguntó Guillermo, en ese entonces sin todas las canas que ahora tenía.
—Tengo miedo de que sea un… —Mi madre dudó, bajó la mirada hacia mí y suspiró—, que sea un psicópata o sociópata.
—Tienes que llevarlo con un psicólogo, no traerlo conmigo —sentenció Guillermo negando con la cabeza y soltando una risa profunda.
—¿Con qué dinero? Rafael no quiere, dice que los psicólogos son para locos y que su hijo está bien y no lo necesita —agregó mi madre desesperada, dando un golpe con su tacón en el piso como si eso fuera suficiente para llamar la atención de Guillermo—. Por favor. Solo… obsérvalo, tal vez si notas algo raro y se lo dices a Rafael, él acepte que hay que mandarlo con un profesional.
—No quiero tener problemas con Alondra —contestó Guillermo rascándose la cabeza—. Si ella se entera de que te estoy haciendo alguna clase de favor…
—¡No tiene por qué enterarse! —exclamó desesperada mi madre—. Yo no diré nada y tú menos.
—¿Y si se le escapa a Liliana? Es una niña y, aunque le pida que no diga nada, puede decirlo por equivocación —agregó encogiéndose de hombros. Entonces mi madre me tomó por el mentón, obligándome a verla. Entornó los ojos y sonrió como siempre que se le ocurría un plan para salirse con la suya.
—¡Dije que no quiero! —exclamé furioso, pero ella no parecía afectada.
—Si quieres yo lo hago primero, para que veas como se hace —contestó con gentileza, pese a que había sido grosero.
—¿Qué te pasa? ¿Eres tonta? —pregunté molesto y la empujé haciéndola caer dentro de una de las llantas.
Entonces sus enormes ojos se clavaron en mí y por fin vi lágrimas. Comenzó a sollozar y yo estaba confundido, porque se veía muy linda, porque su voz era dulce, aunque triste, y al mismo tiempo me sentía culpable. Ya había empujado y golpeado a otros niños, pero verla llorar a ella me descolocó.
—Oye… lo siento… —susurré sin saber como ayudarla. Me hinqué ante ella, asomándome para ver su cara. Cuando se quitó las manitas del rostro, me encontré con un ceño fruncido y una boca torcida.
—¡Tú eres el tonto! —exclamó y me empujó, haciéndome caer—. ¡Grosero!
Desde el piso levanté la cabeza para poder verla y descubrir que enojada también era linda. Me quedé congelado y cuando ella intentó levantarse no pudo, estaba atorada en la llanta. Hizo pucheros para salir, estaba rabiosa y con ganas de golpearme, y entonces hice lo que ni mi madre ni nadie me había visto hacer: comencé a reír a carcajadas.
—¡Oye! ¡No es gracioso, cara de perro! —gritó Lily, pero yo no pude dejar de reír, y ese se volvió mi primer recuerdo de ella, el que siempre atesoraré, el que me consolaba en las noches más oscuras.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!