LILIANA CASTILLO
Estaba lista desde antes que comenzara la reunión, pude ver como uno a uno llegaban con sus sonrisas amplias. Unos parecían incómodos y otros simplemente se derretían halagando a Carmen y a Rafael, felicitándolos como si los pobrecitos hubieran sufrido tanto y ahora por fin podían ser felices.
Todos estaban del lado de Carmen, les gustara o no, porque inclinaban la balanza hacia quien tenía poder y esa era ella. Comencé a vagar por la casa, fingiendo nerviosismo, escabulléndome por la cocina y saliendo al jardín. Todos estaban vueltos locos para que la reunión fuera un éxito y no me notaban y si lo hacían no me daban importancia. Solo era la atarantada prometida del hijo que Rafael siempre quiso y no encontró en Santiago.
Entonces llegué a la bodega donde guardaban todo lo respectivo a la jardinería. Pasé la mirada nerviosa por cada herramienta y químico, buscando algo en específico hasta que lo encontré: un frasco viejo con etiqueta amarillenta que parecía a punto de caer.
—Estricnina… —susurré mientras leía la etiqueta con un dibujo de una rata patas arriba—. Curioso, ¿qué no se supone que esto ya no se usa desde los 80s?
—No hay mejor raticida que ese —dijo Patricio detrás de mí, entornando los ojos, recargado en el marco de la bodega—. Lo han estado usando para acabar con esa molesta plaga. El jardinero es un hombre chapado a la antigua que no confía en las nuevas tecnologías.
»¿A quién planeas matar? —preguntó cruzándose de brazos.
—¿En verdad te importa? —respondí mientras le daba vueltas al frasco—. ¿Por qué no sigues con tu búsqueda de aliados y me dejas trabajar?
Apretó los labios y suspiró.
—Tu prometido capturó a esa mujer que siempre acompaña a los gringos —agregó—. Pensé que deberías de saberlo.
—¿Dónde? —pregunté deteniéndolo antes de que se fuera—. ¿Dónde la tiene?
—En el calabozo… —respondió arqueando una ceja—. La está torturando.
—Libérala… ¿Puedes hacerlo? —pregunté con media sonrisa—. La dejarán sola durante la fiesta. Ese es el momento indicado.
—¿Liberarla? —inquirió confundido.
—Sí, corta sus ataduras y deja que tome un arma. —Me encogí de hombros mientras metía en una pequeña bolsa de plástico algunas cápsulas del veneno, entonces me detuve con una entre mis dedos y se la entregué a Patricio—. Ponla dentro de sus ropas sin que se dé cuenta. Después sal de aquí y no vuelvas. Quédate al lado de Santiago.
Dejé caer la cápsula en la palma de su mano y él parecía confundido.
—¿Qué planeas? —preguntó entornando los ojos casi hasta cerrarlos.
—No bebas ni comas nada —contestó regresándome la copa vacía—. Lo digo por tu bien.
—¿Por mi bien? —pregunté confundido y bajé mi atención hacia la copa vacía. En este punto estaba decidido a hacerle caso sin preguntar. Dejé la copa en la siguiente charola que pasó frente a mis ojos.
Entonces mi padre y Carmen subieron hasta el descanso de las escaleras, por encima de todos, con una sonrisa amplia. Ella fue quien dio un par de golpes en su copa, me percaté de que, a diferencia de todos, la suya estaba llena de agua y no de vino.
—Bienvenidos a esta reunión, nos alegra que todos hayan podido venir —dijo con elegancia y conteniendo su alegría—. Como sabrán, hemos sufrido una pérdida muy cruel. Nuestra querida Alondra ha muerto. La familia está muy herida y… —Noté como me buscó entre la gente hasta que me encontró—, gracias, Santiago, por presentarte en esta reunión, sé lo difícil que debe de ser para ti, pero recuerda que somos familia y que en estos momentos es donde más unidos debemos de estar.
—Sonríe y asiente —susurró Guillermo y sus labios apenas y se separaron. Hice lo que me pidió, me comporté a la altura, aunque mis deseos era gritar que mi padre había matado a mi madre y después dispararles a Rafael y Carmen, pero me contuve, inhalé paz y exhalé estrés.
—También aprovechamos esta reunión porque habrá cambios en la organización, todo para mejorar las condiciones y claramente las ganancias de todos, ¿verdad? —Algunos presentes se rieron suavemente de su intento de broma mientras sus palabras fueron como una patada en el hígado—. Aunque apreciamos mucho a Santiago y la labor que ha hecho a lo largo de los años al lado de su padre, hemos decidido que, de momento, por las noticias que se han dispersado últimamente que lo afectan de manera directa, lo mejor será que la responsabilidad de dirigir la organización caiga en manos de Javier, mi hijo.
No me sorprendía, me indignaba, pero ya lo esperaba. Era lo que habían querido desde un principio. Lo que sí me sorprendió fue ver quien colgaba del brazo de Javier.
—Lily… —susurré su nombre y quise acercarme. Lucía un hermoso vestido rojo y sonreía con timidez mientras avanzaba al lado de Javier que ni siquiera parecía estar interesado en ella, pero antes de dar el primer paso, Guillermo me detuvo y negó suavemente con la cabeza.

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