JULIA RODRÍGUEZ
—¿Me estás echando la culpa? —escuché la voz de Rita saliendo del despacho de Matt, mientras yo sostenía una charola con comida.
Matt no había salido a desayunar, bajo el argumento de que estaba solucionando el ataque cibernético de mi empresa. Me sentí culpable por dejar todo en sus manos, cuando yo bien podía ser capaz de solucionarlo, solo que la cabeza no me daba. Recordé todas esas noches en vela que pasé dentro de su oficina, trabajando juntos, lo satisfactorio que era resolver en equipo los problemas de la empresa. Era de los pocos momentos donde compartíamos un sentimiento de complicidad y dulzura que parecía real durante todo nuestro falso matrimonio.
Me quedé pegada al lado de la puerta, con las manos temblorosas y el corazón acelerado.
—¿Quién más pudo entregarle esas contraseñas y URL a la gente de Julia? —preguntó Matt con tono cansado—. Yo sé que ella no te agrada, pero…
—Tienes razón, no me agrada —contestó Rita con voz firme. Entonces me asomé por la pequeña hendidura de la puerta entreabierta—. No me agrada que pese a todo lo que te has humillado, ella se muestre digna. Se cree mejor y te desprecia. Si te hubiera amado de verdad en algún momento de su vida, no buscaría hacerte sentir miserable en cada oportunidad que tiene.
—Rita… —Matthew pronunció su nombre con un suspiro fastidiado, apoyándose con ambas manos en el escritorio.
—Le dijiste la verdad. Le aclaraste por qué fuiste frío, por qué te comportaste de esa manera. Le abriste el corazón buscando entendimiento y lo único que hizo fue apuñalarte. —Cada una de sus palabras me hacía sentir peor—, y tú, tú sigues aquí, protegiéndola a ella y a su esposo. ¡No es justo! Si no quiere nada de ti, si es tan fuerte y autosuficiente, entonces que se largue y se rasque con sus propias uñas.
»Es una abusiva e interesada. ¡No te quiere pero si acepta tu protección y ayuda! ¡Vaya! ¡Qué conveniente!
—¡Es la madre de mis hijos! —exclamó Matthew furioso, golpeando con sus puños el escritorio.
—Tú lo has dicho, solo la madre de tus hijos. Los únicos que merecen tu protección son ellos. Que ella se agarré los ovarios, los mismos con los que te despreció, y busqué solucionar su asquerosa vida sin depender de ti —contestó Rita con frialdad mientras la presión en mi pecho aumentaba.
No pude seguir escuchando, porque sentía que en el fondo ella tenía razón. Le dije a Matt que no lo quería de vuelta, pero aquí estaba, refugiándome en su casa, siendo protegida por su gente, recibiendo sus favores con manos abiertas.
Regresé a la cocina, dejando la charola con comida en la isla del centro mientras el corazón comenzaba a fallarme.
—¿No quiso la comida? —preguntó Lily con esa sonrisa ingenua, acercando sus dedos para pellizcar algo del plato.
—Ni siquiera se la ofrecí —en cuanto respondí, ella se quedó congelada—. No sé qué hacer…
»¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Qué vuelva a ser el hijo de puta que fue en el pasado? ¡Mamacita! ¡Tú no eres la misma pendeja! —Entornó los ojos y retrocedió—. Bueno, eso creo.
—¡Liliana! —exclamé indignada mientras ella comenzaba a reír.
—Se nota que él no es el mismo, tal vez sea peor, pero tú tampoco eres la misma. Ahora ya estás consciente de dónde están tus límites. En cuanto empiece con sus pendejadas… —Tronó los dedos en el aire— …a la chingada, no tienes por qué aguantarlas como la primera vez.
»El «no» ya lo tienes. Ya sabes qué es lo que puede salir mal, pero… ¿y si sale bien? ¿Cómo sabrás que el hombre del que estás enamorada por fin se convirtió en el príncipe que en verdad mereces?
—La gente no cambia —contesté negando con la cabeza.
—La gente cambia… la vida los hace cambiar. Los golpes, el dolor, la desilusión… —Se inclinó hacia mí y levantó tres dedos—. Hambre, miedo y frío. Son tres cosas que hacen que hasta el más resistente y necio cambie por necesidad. Tú no sabes si Matt ya pasó por eso y ahora puede darte una mejor versión de él. No lo averiguarás hasta que le des una oportunidad.
»¡La vida es corta! En cosas del amor, equivócate cuantas veces quieras siempre y cuando no afecte tu integridad física y mental. —Se encogió de hombros y sonrió pícara—. Hay piedras con las que te puedes dar el lujo de tropezar una y otra vez y, como ya van por el segundo hijo, me imagino que esa piedra se ha vuelto adictiva para ti.

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