LILIANA CASTILLO
—No lo sé… no creo que pueda dejarlo pasar —dije con seriedad, aunque por dentro me preguntaba cuál sería el momento adecuado para decirle a Julia que ya sé quien la quiere matar.
—Liliana, por favor, Rita es mi hermana —susurró Carl tomándome por los brazos, haciendo que mi atención se posara en él—. Deja que sea yo quien se encargue. Te prometo que Julia estará a salvo.
—Hagamos esto, enfrentemos a tu hermana juntos, y para evitarte la incomodidad de tener que reprenderla, deja que sea yo quien le dé unos buenos putazos para que se eduque —sentencié con el ceño fruncido y cruzada de brazos—. Creo que le faltó mano dura desde la infancia. Mi padre siempre decía, más vale una nalgada a tiempo y a tu hermana creo que le faltaron muchas, ¡pero tranquilo, yo me encargo!
»Ya verás si no se le quita lo culera traicionera —agregué apretando mis puños. Entonces Carl los envolvió con sus manos y su rostro cargado de pesar me distrajo.
—No quiero perder a mi hermana… —susurró—. Es lo único que me queda. Juré protegerla.
—¿Y quién protege a los demás de ella? —pregunté entornando los ojos y su mirada se volvió aún más dolida.
—Yo lo haré —contestó intentando mantenerse ecuánime, pero sus ojos no mentían. Estaba entre la espada y la pared.
Nuestras miradas permanecieron engarzadas por largos minutos donde ninguno de los dos parecía querer ceder. Entonces el teléfono dentro de mis pantalones comenzó a vibrar. Retrocedí un par de pasos antes de tomar la llamada, era mi padre.
El silencio se volvió largo en la línea mientras yo me alejaba.
—¿Estás sola? —preguntó con cautela.
—Sí —contesté recargándome en el árbol más cercano desde el que veía todo el panorama.
—¿Es cierto que la reina cayó? —La voz de mi padre sonaba relajada, intentando esconder su tensión mientras yo me esforzaba por responder en monosílabos.
—Sí —solté un suspiro apesadumbrado—, pero el rey sigue en pie.
—¿Fuiste tú?
—¡Ja! —exclamé frustrada—. No, el rey se me adelantó.
De nuevo un silencio profundo en la línea.
—La sustituta está moviendo los hilos, preparan una cena para dar la noticia de la muerte de la reina, pero también para dar un anuncio aún más importante —dijo mi padre cortando el aire con sus palabras, mientras mis ojos seguían paseándose entre mi familia—. Ya has convivido lo suficiente con ellos, me imagino que ya sabes de qué lado nos conviene estar.
Mi corazón dio un vuelco, porque lo sabía. Carmen y Javier eran los fuertes, los que estaban más cerca del poder teniendo a Rafael en sus manos. Ya habían demostrado que podían poner a arder la ciudad sin el menor atisbo de arrepentimiento ni miedo, pero lamentablemente para mi padre, yo tenía un corazón de pollo que no me permitía darles la espalda a la familia de la que ahora ya era parte.
—Del lado de Santiago —contesté entornando los ojos. Si la balanza estaba inclinada en nuestra contra, entonces yo misma haría que se pusiera a nuestro favor.
—Bien. Mantente atenta. Comenzaremos a movilizarnos —respondió mi padre antes de cortar la llamada.
—No lo parece. —Con un movimiento de mano hizo que los hombres que la acompañaban continuaran su trabajo, metiendo con gentileza a la señora Alondra al horno—. ¿Qué quieres?
—¿Puede apartarme un poco de sus cenizas? —pregunté como si pidiera cualquier cosa.
—¿A ti? ¿Quién eres tú para pedir un pedazo de mi amiga? —Se acercó amenazante, pero yo me mantuve serena y sonriente.
—No me malinterprete, no las quiero precisamente para mí, creo que la familia que no pudo venir a su funeral se merece conservar un pedazo de ella —contesté encogiéndome de hombros—. Quiero que sus cenizas estén muy cerca de sus corazones.
—¿Muy cerca de sus corazones? —preguntó arqueando una ceja y noté un pequeño destello de lo que parecía una sonrisa—. ¿Qué tan cerca?
—Pues… a decir verdad, pensaba en sus pulmones —respondí haciendo más grande mi sonrisa.
La mujer entornó los ojos y volteó hacia sus ayudantes. Había logrado convencerla.
—Ya escucharon, guarden algo de cenizas para esta niña —exigió y ambos asintieron antes de que ella regresara su atención hacia mí—. Que sus cenizas envenenen tu daga, murciélago.
—Así será, señora —aseguré con un breve asentimiento.
Era momento de dejar de fingir demencia. Era momento de asegurarme de que las cosas salieran justo como yo quería, no solo para beneficio de mi padre, sino para el beneficio de mi propia familia, que aún no sabía la clase de psicópata que tenían viviendo con ellos.

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