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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 162

MATTHEW GRAYSON

—¡Mira, maricón de m****a! —Lo señalé con el dedo y entonces comenzó a reír a carcajadas.

—Es curioso, desde que conocí a Alex mi interés en los hombres se disolvió, como si jamás hubiera existido, hasta que nos reencontramos, picarón —respondió con una sonrisa maliciosa—. Como que, entre más te enojas, más me dan ganas de jotear. Creo que no es atracción, solo ganas de estarte chingando.

—Juro que te voy a partir la cara si siguen jodiendo —sentencié con los dientes apretados, conteniendo mis ganas de agarrarlo a golpes.

—Si estás tan seguro de tu sexualidad, mis bromas no deberían de molestarte, tal vez en el fondo quieres ser parte de mi harén, pero aún te rehúsas a aceptarlo —agregó saliendo de la cama y estirándose hasta lograr que su columna tronara.

—¿Siempre eres tan molesto? —pregunté ahogándome con la rabia que se me había juntado en el pecho.

—La mayoría de las veces —contestó tomando con seriedad mi pregunta—. Es que también tú pones las cosas muy fáciles. Te enojas muy rápido y eso solo hace que me den más ganas de poner tu paciencia al límite.

—Largo de mi habitación si no quieres que te saque a golpes —sentencié sintiendo como todos mis músculos se tensaban.

—Te haces el difícil, pero no eres tan malo —contestó divertido acercándose a la puerta—. Eres una buena bestia, aunque te esfuerces por parecer frío e insensible, y es por eso por lo que te voy a ayudar con Julia.

—No tienes nada que hacer en ese tema —agregué entornando los ojos de manera amenazante—. Ya no hay nada entre ella y yo.

—No lo sé, pero tus pesadillas son muy similares a las de ella —contestó con la mano sobre la puerta y la mirada perdida en el pasado—. Gritaba tu nombre y lloraba. Tenía que consolarla. Era como si se desbaratara entre mis brazos. Decía que te extrañaba, que era como si su corazón se hubiera quedado contigo.

»No sabes cuantas noches se preguntó si tú habías seguido con tu vida o aún la estabas buscando. Si en verdad todo había terminado. —Suspiró con melancolía y de nuevo levantó su atención hacia mí—. De la misma forma que tú sufres, también ella.

—Yo ya lo intenté —contesté herido, con los hombros caídos y sin poder sostenerle la mirada—. Ella no quiere nada. No planea darme una segunda oportunidad y la entiendo. No voy a presionarla.

—Ella cree que está haciendo lo correcto para no volver a sentir dolor —agregó Santiago recargado en el marco de la puerta—. No la juzgo, pero sé que no es lo que ella quiere. Ella te quiere a ti.

—No voy a presionarla con ese tema, y tú no deberías de hacerlo —insistí sintiendo miedo de que eso solo la alejara más.

—Las cosas ocurren porque así tiene que ser. —Se encogió de hombros y volvió a sonreírme—. Solo voy a propiciar que ocurran más rápido.

Antes de que pudiera responder me guiñó un ojo y se fue de la habitación, cerrando la puerta detrás de él, dejándome sin aliento y con una sensación extraña en el estómago. ¿Había esperanzas aún?

***

JULIA RODRÍGUEZ

—¿Te dijo que estábamos a salvo? ¡Le dije que tenía que avisarte! —agregó Mateo retorciéndose entre los brazos de Santiago, queriendo zafarse de tanto amor.

—Mi niño listo —susurró Santiago y me partió el alma que la alegría no subiera a sus ojos. Estaba guardando su dolor, fingiendo que no pasaba nada, que no se sentía destruido—. ¿Ya están listos?

Me dedicó una mirada profunda y yo asentí sin poder dejar de sentir lástima y frustración por no saber cómo consolarlo. Además, había algo más que me torturaba, ¿sería prudente decirle todo lo que su madre me dijo antes de morir? De la misma forma que Mateo tenía derecho a conocer a su padre biológico, consideré que Santiago debía de saber sobre sus orígenes, pero… ¿era el momento indicado?

La verdad se amontonaba en mi boca y no sabía si era el momento de soltarla.

Cuando salimos de la habitación, vi en el extremo contrario del pasillo a Alex. Una belleza de piel clara y ojos verdes que parecían cambiar de color e intensidad dependiendo de la ropa que se pusiera.

—¿Quién es ella? —preguntó Mateo dando saltitos. En cuanto nos acercamos a Alex abrió sus ojos con sorpresa—. ¡Es la monja de la escuela! ¡Eres tú! ¡Mami, mira, es ella!

—¿Cómo planeas explicarle a Mateo esto? —pregunté casi en un susurro.

—Pensé que serías compasiva y se lo explicarías tú —agregó Santiago con una sonrisa forzada.

—Creo que esa es tu responsabilidad, no mía —susurré con los dientes apretados y una sonrisa igual de tensa.

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