SANTIAGO CASTAÑEDA
—Alex… ¿qué ocurre? —pregunté angustiado, tomando su rostro entre mis manos mientras ella comenzaba a llorar—. ¿Estás bien? ¿Qué pasa?
—Lo siento… —susurró cerrando los ojos con fuerza y apretando los labios—. Es mi culpa, tuve que saber que esto pasaría. Tuve que cuidarme…
—¿De qué estás hablando? —Con cada palabra que decía, yo me angustiaba cada vez más. ¿Estaba enferma? ¿Tenía algo terminal? Me senté a su lado antes de cargarla y apoyarla en mi regazo como si fuera mi bebé—. Por favor, dime qué es lo que ocurre…
De un salto bajó de mi regazo y retrocedió un par de pasos, cubriendo con ambas manos su abdomen de manera protectora y algo comenzaba a formarse en el fondo de mi cerebro.
—Sé que no es el momento, esto se planea… —susurró mientras sus ojos se llenaban con más lágrimas—. Estoy embarazada.
Me quedé congelado, viéndola ante mí, como si me estuviera hablando en otro idioma. Ni siquiera podía repetir en voz alta lo que había dicho.
—¡Ya sé! —exclamó desesperada y cubrió su rostro con ambas manos—. Tuve que cuidarme, tuve que tomar precauciones cuando estuvimos juntos en la subasta. ¡No lo hice! Ni siquiera pensé en las consecuencias. Yo… entiendo si no quieres esto.
»Estás casado… y con todo lo que está pasando no es momento para esto, lo sé… —agregó desmoronándose frente a mí—, pero no voy a perderlo, ya lo pensé, no quiero hacerlo, no quiero abandonarlo y… tampoco te voy a obligar a que te hagas responsable.
—Estás embarazada… —susurré por fin, tuve que tocar mis labios para estar seguro de que lo había dicho—. ¿De mí?
—¡¿De quién más?! ¡Ni modo que del vecino! —exclamó con los ojos llorosos y dando un fuerte pisotón antes de volver a envolver su abdomen y llorar—. Si quieres hacer una prueba de paternidad… lo entiendo.
—¿Tendré un hijo? —pregunté peinándome con una mano y abriendo tanto los ojos que sentí que se me saldrían.
—Santiago… ¿has escuchado lo que he estado diciendo? —preguntó Alex con escepticismo, fue cuando me cayó la realidad encima con tanta fuerza que casi me aplasta.
—Los hombres como tú no suelen estar muy felices… —contestó confundida y soltó un suspiro apesadumbrado antes de comenzar a caminar por la habitación, nerviosa, frotándose las manos—. Cuando salí del orfanato… Sarita me platicó sobre mi madre, ella… se metió con un hombre poderoso y adinerado, no era de aquí, ni siquiera del país, un extranjero de ojos lindos que la cautivó y con el que tuvo un romance que… supongo que pensó que sería para siempre, hasta que supo que estaba embarazada.
»Según Sarita ese fue el motivo por el cual mi madre me abandonó en el orfanato, porque mi padre no quería hijos, algo me dice que ya tenía familia en el país del que era, pero mi mamá pensó que abandonarme sería suficiente para que él la aceptara —agregó encogiéndose de hombros, aunque era algo duro y triste, no parecía que hablar de eso le doliera, ya lo aceptaba como una cicatriz más en su piel—. No sé si lo logró. No sé si consiguió que mi padre la aceptara de nuevo en su vida, pero no fue un caso aislado. Muchos hombres con poder y dinero no ven con mucho agrado a los hijos, y más si no son de sus respectivas esposas.
—En… resumen, ¿crees que soy un hijo de puta como tu padre? —pregunté confundido, sacudiendo la cabeza un poco para ordenar mis ideas—. ¿En verdad crees que soy alguien tan ruin? Digo… no es que vaya a ganarme el premio nobel de la paz, tampoco me van a canonizar.
»Puedo ser un asesino, un traficante de drogas y armas, mis manos están llenas de sangre, pero… ¿abandonar a un hijo? Eso es de monstruos peores, está a otro nivel de maldad —refunfuñé herido antes de acercarme a ella y deslizar mis manos por su cintura para pegarla a mi cuerpo—. Alex, ¿entiendes lo que significas para mí?
Sus ojos llorosos me veían confundidos. Entendía de dónde venía su miedo. Mujeres abandonadas por estar embarazadas. Usadas y desechadas. Si un hombre de hogar tradicional y de «valores» podía abandonar a su novia embarazada, con más razón alguien como yo, pero yo no era así, yo estaba perdidamente enamorado de esa mujer y saber que estaba embarazada era para mí la culminación de nuestro amor, el punto más alto donde me sentía más vivo que nunca.
—Te amo, Alex. —La estreché con fuerza, escondiendo mi rostro en su cuello, dejando pequeños besos en su piel, inhalando cínicamente su aroma, embriagándome con su calor—. No, no estaba esperando un bebé, no aún, pero eso no significa que no quiera que lo tengas. Me harías el hombre más feliz del mundo si lo haces y si me das la dicha de ser padre —susurré suavemente en su oído mientras su cuerpo comenzaba a temblar, mi pequeña ladroncita estaba sollozando y sus manos se aferraban con fuerza a mi saco—. Nunca tengas miedo de mí, porque soy la primera persona que te va a cuidar y proteger. No importa lo que hagas o dejes de hacer. No importa si es bueno o malo. Nunca pienses que te daré la espalda o te dejaré de amar.

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