CARL ROGERS
En cuanto pusimos un pie en el recibidor Julia comenzó a removerse inquieta hasta que Matt la bajó de sus brazos.
—¡Baño! ¡Baño! —refunfuñó apretando los labios y dando brinquitos, pasando su peso de un pie a otro mientras agitaba las manos.
—Ahí… —señaló Matt antes de que Julia saliera corriendo y azotara la puerta del baño en cuanto entró—. ¿Qué es lo que tienes que decirme?
Matt se acercó y tomó a su hijo de mi agarre, dejándolo en el piso y dándole unas palmaditas en la cabeza, gesto que hizo que el niño explotara de alegría y se aferrara a su pierna.
—Bueno… lo que pasa es que… —no terminé de explicar cuando Julia salió del baño, colgándose de la puerta, más pálida, más ojerosa y con la apariencia de un vagabundo ebrio.
—Tenemos que encontrar a Liliana y a Santiago, tienen que saber quién está detrás de todo esto —dijo con voz temblorosa mientras jalaba aire—. Matt, son mi familia…
—Sí, y el hombre al que amas —contestó Matt tomándonos por sorpresa—. Te ayudaré a encontrarlos.
Julia apretó los labios y su mirada fue de lástima y tristeza, pero no dijo nada. Lo que me sorprendía era que Matt se hubiera dado por vencido y que aceptara que Santiago había ganado.
—Bueno, si sirve de algo, yo ya adelanté trabajo —interrumpí encogiéndome de hombros.
—¿De qué hablas? —preguntó Matt con el ceño fruncido, pero no hubo necesidad de que yo fuera quien respondiera.
—¿Julia? —preguntó Liliana desde el piso de arriba, asomada por encima del barandal. Aún se veía mareada.
—¡Liliana! —exclamó Julia sorprendida, recuperando algo de fuerza.
—¿Carl? —siseó Matt volteando hacia mí, exigiendo una explicación con su ceño fruncido.
—¡Matthew! —respondí con una gran sonrisa mientras retrocedía—. No fue mi intención traerla aquí, es solo que nos atacaron en la cafetería y pensé que sería más seguro refugiarla en la casa.
»¿Crees que haya problema en juntar a la amante y a la esposa del mismo capo en el mismo lugar? —Ambos volteamos hacia ellas, esperando una disputa, pero por el contrario se abrazaron como amigas de toda la vida y comenzaron a girar al mismo tiempo que daban brinquitos.
—¡Esperen! ¡Yo también quiero! —exclamó Mateo corriendo hacia ellas y de inmediato lo levantaron y siguieron abrazadas y brincando, zangoloteando al pobre niño.
—Pues parece que se llevan muy bien —contestó Matt con un suspiro cansado. ¿Qué tan cabrón era Santiago para hacer que su esposa y su amante se llevaran tan bien, como amigas?—. Entonces… tú estuviste en el ataque en la cafetería.
—Sí, al parecer buscaban a Liliana —respondí con seriedad.
—Yo estaba en la finca de los Castañeda, con Julia y Mateo, cuando arrojaron molotov incendiando todo —agregó Matt cruzándose de brazos.
Esto era normal y no lo veía desde que mi abuelo murió. Cuando una organización pierde la cabeza, la ciudad cae en caos, siempre hay alguien que quiere tomar el poder y en este caso sabía muy bien quien estaba causando todo este caos: Carmen y su bastardo.
Entré al auto en completo silencio y nos dirigimos hacia el hospital. Al revisar mi teléfono ya los noticieros estaban cubriendo el incendio en la finca, hablaban del ataque en la cafetería y de una reciente persecución que terminó con varios muertos y un auto envuelto en llamas.
En la ciudad había amanecido antes de que el sol saliera, el cielo era acariciado por las llamas y el caos apenas empezaba.
En cuanto rebasé las puertas del hospital, vi a Emilio que se acercó presuroso y con gesto tenso.
—Perdón por no avisar, pero… la ciudad está en caos y pensé que era lo mejor —dijo al plantarse frente a mí, asentí antes de voltear hacia Patricio y darle una palmada en el pecho.
—Ya sabes que hacer, cumple con la tarea que te encomendé —pedí y Patricio asintió para regresar al auto en silencio—. ¿Dónde está Alex?
Pronunciar su nombre me causaba algo en el corazón, lo aceleraba y lo detenía, me sentía preocupado, pero al mismo tiempo emocionado por volverla a ver. Emilio asintió y comenzó a andar hacia el pasillo.
Doctores, enfermeras y hasta pacientes se quitaban de nuestro camino al reconocernos. Podía ver el miedo en sus pupilas y olfatearlo en el aire.
Emilio tocó un par de veces antes de abrir la puerta. Entonces la vi, echa un ovillo en la cama, abrazando su abdomen con la mirada perdida. En cuanto me vio atravesar la puerta intentó sentarse. Su rostro estaba pálido, casi verdoso, y sus labios se despegaron, pero no parecía saber qué decir.
—¿Estás bien? —pregunté inclinándome hacia ella, pero apretó los labios como respuesta y agachó la mirada como niña regañada.

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