Había logrado tener control total sobre este hombre.
Ya no tendría que preocuparse de que fuera demasiado deslumbrante y alguien más intentara robárselo.
A medida que el sonido de sus tacones se alejaba, Leandro dio una palmada en la cama y llamó:
—¡Ayúdenme a levantarme!
Dos guardaespaldas se acercaron rápidamente.
—Señor Corona, ¿qué necesita?
—Quiero ir a ver a Benito.
Uno de ellos le puso el saco, le ayudó con los zapatos y lo acomodó en la silla de ruedas.
Leandro estaba internado en el Sector 3, el departamento de oftalmología.
Benito se encontraba en el Sector 12, en el departamento de neurocirugía.
Había un trayecto largo entre ambos puntos y tenían que cruzar varios edificios.
Cuando el guardaespaldas bajó por el ascensor empujando la silla de ruedas desde el Sector 3, se dio cuenta de que afuera estaba lloviendo.
Regresar por un paraguas implicaría volver a subir decenas de pisos.
Los ascensores del hospital eran un verdadero dolor de cabeza: paraban en cada piso, eran lentos y siempre iban abarrotados.
En ese momento, los ojos del guardaespaldas se iluminaron.
A un lado de la silla de ruedas, había un niño pequeño.
El niño sostenía un pequeño paraguas naranja, con una postura firme y seria. Parecía un chiquillo bien educado y respetuoso.
El guardaespaldas le habló con una gran sonrisa:
—Hola, amiguito, ¿podrías prestarle un momento tu paraguas al tío?
Mientras hablaba, señaló hacia adelante.
Justo enfrente había una puerta lateral abierta. Solo tendrían que cruzar la pequeña distancia entre los dos edificios. No tomaría más de un par de minutos.
Las orejitas de Sebastián se movieron ligeramente. Ladeó la cabeza y miró al hombre.
¿Señor Corona?
—No.
El guardaespaldas insistió con tono complaciente:
—Vamos, haznos el favor. A mi jefe lo acaban de operar de los ojos y no puede mojarse en la lluvia.
—Aunque le lluevan cuchillos, no es mi problema.
—¡Ay! Qué niño tan gruñón, ¿por qué hablas así?
Sebastián respondió con su dulce voz infantil, pero llena de firmeza:
—Mi paraguas es solo para que lo use mi papá.
Los dedos de Leandro, apoyados sobre el reposabrazos, se aferraron con fuerza al borde.
Una risa cálida resonó a sus espaldas.
—Hijo, ¿viniste a buscarme?
Era Lorenzo.
Esperaron un largo rato.
Cuando finalmente pasó la hora pico del almuerzo, apareció un espacio libre en uno de los ascensores.
El guardaespaldas empujó la silla hacia la puerta y se quedó paralizado.
—¡Uy! Eres tú otra vez.
Metió un pie para intentar hacerse un hueco.
Pero Sebastián usó ambas manitos para empujar las rodillas de Leandro.
—No hay lugar para ti.
—¡Oye! Qué niño tan mandón —se quejó el guardaespaldas.
Sebastián mantuvo su expresión firme.
—Este es el lugar de mi papá. Fue a ayudar a un anciano a salir y ya regresa.
Leandro intervino antes de morir de coraje.
—Son instalaciones públicas. El que llega primero, las usa.
—¡Hmph! —resopló Sebastián—. Mi papá llegó antes que tú.
El guardaespaldas se enojó, frunció el ceño y comenzó a reprender al niño:
—Mi jefe acaba de ser operado. Estar esperando el ascensor tanto tiempo le hace daño. Ten un poco de consideración.
Sebastián le lanzó una mirada gélida.
—Ese es tu jefe, ten consideración tú por él. ¡Ahí viene mi papá, quítense y no le estorben!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA
Porque no se pueden desbloquear los capitulos? Siempre sale error...
Que horrible, tan pocos capítulos diariamente, que le pasa al escritor, que no puede terminar un libro de una vez???...