En el lúgubre estacionamiento subterráneo, bajo la tenue luz de los viejos focos fluorescentes, resonaron pasos apresurados.
La silueta de un hombre se proyectó sobre la camioneta Cayenne de Samuel Solis.
—Don Samuel —dijo Leandro, quitándose el cigarrillo de los labios y entrecerrando los ojos.
Samuel se dio la vuelta, destilando rabia y resentimiento. —¿Quieres que te rompa la cara? —rugió, mirándolo como si quisiera despedazarlo.
Leandro ignoró por completo la amenaza y fue directo al grano.
—¿Hay algún avance con las córneas?
—¡A ti qué te importa!
Samuel empujó a Humberto, que estaba a punto de abrirle la puerta, y se subió rápidamente al vehículo.
Leandro le hizo una seña a Humberto.
El joven asistente miró nervioso de un lado a otro, visiblemente intimidado.
—¿Ya encontraron a un donante compatible? —preguntó Leandro con su habitual tono imperturbable.
Humberto negó, haciendo una cruz con los dedos.
Leandro apagó el cigarrillo, se acercó al auto y fijó la mirada en Samuel, quien seguía adentro.
Antes de que le llovieran más insultos, soltó:
—Mi visión es 20/20. Estoy en perfectas condiciones de salud. Mis córneas están sanas y frescas. Me ofrezco como donante voluntario para que se las trasplanten a Sofía sin condiciones.
—¿Qué demonios dijiste? —A Samuel le tembló el rostro y un tic nervioso sacudió la comisura de sus labios.
Leandro lo repitió, pausando cada palabra:
—Me ofrezco como donante voluntario de córneas.
¿Acaso se había vuelto loco?
Samuel entrecerró los ojos, mirándolo como si estuviera frente a un paciente psiquiátrico.
Jamás se había visto que una persona viva y completamente funcional donara sus ojos. No se trataba de alguien hundido en la miseria vendiendo sus órganos para sobrevivir.
¡Era Leandro Corona! El heredero del Grupo Corona, el genio de los negocios de Ciudad del Mar, un hombre arrogante que lo tenía todo.
Sus ojos eran su vida.
Leandro esbozó una sonrisa amarga.
—Una vez estuvo atrapada en El Cuarto Oscuro. Me arrepentí, pero el daño ya estaba hecho. Ahora que ha vuelto a sumirse en la oscuridad... salvarla es lo único que me queda por hacer.
—¡Pero si donas tus córneas, tú serás el que quede ciego! —insistió Humberto.
Leandro levantó la mano para silenciarlo.
—Dije que no intenten convencerme.
Samuel lo observó con frialdad y asintió secamente.
—Vámonos entonces.
No le importaba si a Leandro se le había zafado un tornillo o si de repente había sentido el peso de la culpa. Si el maldito quería donar sus ojos y Sofía los necesitaba, entonces usarían los suyos.
Samuel no iba a sentir ni una gota de lástima por él. ¡Era escoria!
El daño que había causado a Sofía y a sus hijos era imperdonable. Esto no era más que un pequeño pago por todos sus pecados.
—Les pido que no le digan a nadie que fui yo el donante —añadió Leandro con sinceridad.
Samuel se burló. —¿Y tú quién te crees que eres? Aunque me lo suplicaras, no se lo diría.
—Me parece perfecto —murmuró Leandro, manteniendo la mirada baja—. No quiero que Sofía cargue con ninguna culpa, por eso se lo estoy confiando a usted.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA
Porque no se pueden desbloquear los capitulos? Siempre sale error...
Que horrible, tan pocos capítulos diariamente, que le pasa al escritor, que no puede terminar un libro de una vez???...