—¡Sofi, perdóname!
—No fue mi intención, te lo juro. No sabía que era tu hija quien necesitaba al Director Lucas.
—Cometí un error terrible... Te lo suplico, sé fuerte, tienes que vivir...
—¡Lárgate! —Una voz infantil, agresiva y cortante, interrumpió a Leandro. Era Sebastián, quien apenas despertó había corrido al quirófano para ver a su madre.
—Sebastián, por favor, escúchame... —Leandro intentó ponerse de pie.
Después de pasar toda la noche recapacitando, había entendido algo crucial. No solo debía preocuparse por la salud de Sofía, sino también por los sentimientos de sus hijos. El malentendido había sido gigantesco y se había ganado el odio de todos.
Sentía la necesidad urgente de explicarle sus motivos a Sebastián, para evitar que una semilla de odio echara raíces en el corazón de un niño de dos años.
—¡Lárgate de aquí! —escupió Sebastián, sin darle la más mínima oportunidad de explicarse.
No tenía el derecho ni la autoridad para pronunciar una sola palabra frente al niño.
Sebastián lo miró con furia y añadió: —Si mi mamá despierta y te ve, se va a volver a enfermar del puro disgusto.
Esa frase apretó el cuello de Leandro como una soga.
Apoyándose en la fría puerta del quirófano, se puso de pie en silencio y retrocedió lentamente, hasta acorralarse contra la pared de enfrente.
Pasó otra media hora.
El pasillo comenzó a llenarse de ruido con la llegada del personal médico matutino.
Leandro sentía una roca de mil kilos aplastándole el pecho.
Sacó su teléfono y le envió un mensaje a uno de sus contactos médicos para averiguar qué clase de cirugía había tenido Sebastián. Verlo en pleno invierno, caminando con sus piernitas desnudas, tan frágil pero tan feroz, lo carcomía por dentro.
Su contacto le respondió poco después:
[Sebastián tuvo una cirugía pediátrica de hernia. Fue una intervención menor, se está recuperando bien.]
Al leer que la operación fue en el Hospital Infantil, Leandro, impulsado por una urgencia que no pasó por su cerebro, preguntó:
[¿Podrías conseguirme las grabaciones de seguridad del hospital?]
El contacto accedió y le envió tres clips de video extraídos de las cámaras.
Leandro reprodujo el primero.
El video mostraba a Sebastián caminando por el pasillo de Pediatría con sus piernitas desnudas, acompañado de Samuel Solis, quien le abría la puerta de una habitación. La cámara de alta definición apuntaba directamente a la entrada. Poco después de que Sebastián entró, Iván Quintana apareció en el pasillo con varios regalos. Segundos después, Sofía salió de la habitación.
Fin del primer clip.
Y él no tenía la menor idea.
Leandro siempre creyó que Sofía había sobrevivido rasgando la maleta desde adentro y escapando del encierro, y que eso ya era un sufrimiento inhumano, suficiente para destrozarlo por completo de culpa.
Pero no.
Sofía también había sido golpeada salvajemente.
La habían masacrado...
Leandro trastabilló, perdiendo el equilibrio, y terminó chocando contra la pared.
Entre su visión borrosa y las lágrimas, las puertas del quirófano por fin se abrieron.
Cuando logró enfocar la vista, vio la camilla saliendo con el sonido metálico de las ruedas. Bajo la sábana blanca se veía un bulto largo, con las piernas separadas y los pies apuntando inertes hacia afuera.
A través de los huecos entre los médicos, alcanzó a ver la cabeza de Sofía.
Estaba completamente vendada con gasas blancas.
Esperó a que el equipo médico pasara y los siguió a distancia, hasta que las puertas de la Unidad de Cuidados Intensivos se cerraron frente a él.
Samuel estaba en el pasillo con sus hombres. A su lado, estaba Humberto, y Sebastián, que agarraba la mano del joven sin oponer resistencia.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA
Porque no se pueden desbloquear los capitulos? Siempre sale error...
Que horrible, tan pocos capítulos diariamente, que le pasa al escritor, que no puede terminar un libro de una vez???...