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VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA romance Capítulo 363

Susana Yáñez intervino rápidamente.

—Lo siento mucho, Sofi. Ximena también es mi nuera y con todo lo que pasó de repente... no podía tomar partido. Te pido que tengas un poco de paciencia, yo me encargaré de darte una explicación.

Sofía no sabía ni cómo expresar lo que sentía.

Se limitó a asentir con la cabeza.

A Susana no le parecía prudente dejarla manejar en ese estado, así que llamó a su chofer de confianza para que las llevara.

Sofía estaba a punto de subir al auto con los niños cuando Ximena salió corriendo de la casa.

Aventó todos los regalos que Sofía le había llevado directamente al interior del vehículo.

—¡Llévate tus cosas, no las quiero!

Susana no pudo contenerse más.

—Ximena, no puedes comportarte así.

Ximena la miró con los ojos llenos de lágrimas.

—¡Mamá, eres demasiado injusta!

Lanzó ese reclamo con voz histérica y echó a correr de vuelta a la casa.

Sofía forzó una sonrisa.

Se giró para decirles a sus hijos:

—Despídanse de la bisabuela y de las abuelas, ya nos vamos a casa.

Ana agitó su manita.

—¡Adiós, bisabuela! Adiós, abuela, adiós, tía abuela, adiós, otra tía abuela...

Sebastián hizo una pequeña reverencia.

—¡Hasta luego!

El auto salió de la imponente mansión de la familia Lira y se dirigió hacia la avenida principal.

Sofía le indicó al chofer:

—Por favor, llévenos a la Plaza San Jerónimo.

Si Ximena le había devuelto los regalos, ella tampoco los quería. Iba a devolverlos a la tienda antes de irse a casa.

La Plaza San Jerónimo era el centro comercial de lujo más grande de Rosarito, donde se encontraban las marcas más exclusivas del mundo.

El área de joyería y oro estaba en el primer piso.

Sofía fue con los niños a devolver los regalos.

—Vayan, diviértanse mucho. Mami se va a quedar sentada aquí afuera viéndolos.

Ana le dio un sonoro beso en la mejilla, empezó a tararear una canción y entró saltando de alegría.

Sebastián la siguió con pasos formales y cuidadosos.

Sofía dejó escapar un suspiro de alivio.

Quería revisar su tobillo lastimado, pues el dolor apenas la dejaba caminar.

Apenas se había desabrochado el botín y se lo estaba quitando, cuando una sombra blanca se proyectó sobre ella.

La risa de Isabel Molina resonó justo al lado de su oreja.

—Amor, ven rápido. Quiero tomarnos fotos en el castillo...

—Por favor, ¿podrías quitarte del camino? —Una voz masculina, fría pero familiar, le habló desde arriba.

Sofía levantó la vista y se encontró con Isabel, deslumbrante en un inmaculado vestido de novia, y a Leandro Corona, impecable en un traje negro a su lado.

En su campo de visión, la pareja lucía perfecta: un hombre guapo y devoto junto a una mujer hermosa y radiante.

Ambos compartían una expresión de pura felicidad.

Incluso antes de que el fotógrafo disparara, parecían la imagen misma de un retrato nupcial perfecto.

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