Selina Huerta apretaba los dientes, furiosa.
De un manotazo, apartó la mano que la Señora Quintana le ofrecía.
Gritó histérica:
—¡No me toques!
La Señora Quintana, frotándose el dorso de la mano enrojecida por el golpe, forzó una sonrisa incómoda.
—Ay, mujer, ¿por qué te enojas así?
Selina estiró el cuello desafiante.
—¡Vieja bruja! ¿Cómo tienes el descaro de fingir que no pasa nada y luego echarme la culpa a mí de estar haciendo un escándalo?
Toda la familia había ido a buscar a Sofía a sus espaldas.
Estaba claro que en esa casa, a pesar de estar embarazada, ella no valía nada.
Una vez que diera a luz, su fin estaría cerca.
Seguro la echarían a patadas para hacerle espacio a Sofía y permitir que toda la familia viviera feliz.
Selina resoplaba furiosa por la nariz, respirando agitadamente.
La Señora Quintana intentó calmarla:
—No te imagines cosas que no son. Eso nunca pasaría.
Selina, al borde de la locura, señaló a la Señora Quintana con el dedo.
—¡Son una familia de hipócritas! Me tratan así y todavía dicen que me imagino cosas. ¿Acaso quieren volverme loca?
Al verse señalada directamente, la sonrisa de la Señora Quintana se desvaneció.
Pero no quiso pelear a gritos con ella.
Sus viejos ojos se clavaron en la hermosa pulsera de jade que asomaba en la muñeca de Selina.
Había vivido más de media vida y nunca había visto una joya tan brillante y fina.
La posición económica de la familia de Selina era demasiado buena.
Para ellos, ella era prácticamente el cajero personal de Iván Quintana.
Iván había pedido un préstamo para invertir en Farmacéutica Amoris, pero solo tenía las escrituras hipotecadas de la familia de Selina; aún tenían que pagar la deuda.
Si surgían problemas en el futuro, la familia de Selina todavía podría seguir ayudando.
—Por favor, deja de hacer un escándalo —dijo la Señora Quintana, conteniendo su mal genio.
—¡Vete al diablo! —La rabia había cegado a Selina y sus ojos brillaban de cólera.
El Señor Quintana finalmente se levantó de la mesa y caminó pesadamente hacia las escaleras.
Julieta Quintana rodó los ojos al ver la lenta figura de su abuelo.
—¡Tú...! —La Señora Quintana levantó la mano para pegarle.
Aprovechando su altura, Julieta apartó la rústica mano de su abuela, bajó corriendo las escaleras haciendo ruido y salió de la casa dando un portazo.
Selina estaba que se la llevaba el diablo.
Ella también dio un portazo.
Se encerró en su cuarto y, entre llantos desesperados, llamó a Iván Quintana.
Le soltó todas sus quejas y resentimientos.
Bla, bla, bla...
Solo se detuvo cuando sintió que la garganta le ardía.
Su cuerpo temblaba por haber llorado tanto y apenas podía sostener el teléfono.
Finalmente, se escuchó una respuesta al otro lado de la línea.
La voz de Iván sonaba fría, como si estuviera hablando con un paciente molesto.
—Es normal que en la familia haya conflictos. Hasta los dientes a veces muerden la lengua. Hay que tenerse paciencia, deja de hacer un escándalo.
Selina forzó su lastimada garganta para gritar con todas sus fuerzas:
—¡Iván Quintana! Tu familia me está acosando, ¿y todavía me dices que no haga escándalo? ¿Acaso en tu casa todos se cubren las espaldas y se dedican a atacarme por ser la forastera?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA
Porque no se pueden desbloquear los capitulos? Siempre sale error...
Que horrible, tan pocos capítulos diariamente, que le pasa al escritor, que no puede terminar un libro de una vez???...