Cuando Leandro regresó.
Isabel, con expresión angustiada, le preguntó de inmediato: “¿Se rindió? ¿Dejará a nuestra Valen en paz?”
Leandro soltó un ligero suspiro.
“No hablé de eso con Viviana.”
“¿Por qué?”, reclamó Isabel con los ojos muy abiertos. “¡Sabes que no puedo soportar perder a Valen! ¡Y no hiciste nada para evitar que se la lleve! No te bastó con gritarme hoy por culpa de Sofía, ¿acaso ya no te importan mis sentimientos en absoluto?”
“¡Silencio!”, les advirtió el oficial.
Leandro intentó explicarle con suavidad.
“Valen estará mejor con su madre biológica que contigo. Además, en este momento tengo que pensar en tu situación. Conseguir que Viviana retire los cargos es lo más urgente.”
¡Oh!
Isabel bajó la mirada, aliviada.
“Tienes razón, tú siempre piensas en todo.”
Como Leandro no estaba en la escena, quedó libre tras rendir su declaración.
Isabel lo apresuró: “Entonces ve rápido al hospital. Habla con Viviana, convéncela de que firme el acuerdo y que no me demande.”
“De acuerdo.” Leandro se dio la vuelta para marcharse.
Apenas puso un pie afuera, Isabel lo llamó con voz llorosa: “Mi amor...”
“¿Sí?”, él volteó.
“Tengo miedo”, dijo Isabel, con lágrimas corriendo por sus mejillas. “No quiero quedarme aquí.”
Leandro le dedicó una sonrisa. “Sé valiente, eres una niña buena.”
Isabel le devolvió la sonrisa, más relajada. “Ven a hacerme compañía apenas termines, ¿sí?”
“Está bien”, asintió Leandro.
Afuera ya empezaba a oscurecer, y un viento helado traía consigo una fina nevada.
Leandro caminaba por la acera.
Los copos de nieve le daban directo en el chichón de la frente. Al derretirse, el agua helada lo hacía arder como si tuviera un trozo de carbón al rojo vivo pegado a la piel.
Recordó que cerca de allí había una enorme tienda de mascotas.
Cuando llegó, el encargado todavía estaba ahí.
Tras conversar un poco, el encargado sacó un cachorrito Bichón Frisé, como una bolita de algodón blanca.
Leandro le dio unas palmaditas en el lomo y el perrito dio una vuelta.
Él sonrió. “Parece muy listo. Me lo llevo.”
Pagó y el encargado le regaló una pequeña mochila de transporte.
Con el viento aullando y la nieve cayendo, Leandro caminaba con las piernas casi congeladas.
El cachorrito iba sentado en la mochila, observando el mundo blanco y oscuro a través de la ventanita de plástico.
Llevando al perro, se dirigió a una enorme joyería.
Tocó el cristal del mostrador de diamantes.
“Disculpe, ¿tienen coronas?”
“¡Sí! Ten, un pedacito para papi, es el más gordito.”
*Ñam, ñam...*
Lorenzo masticó la costilla y le dijo a Ana: “Dale un pedacito a mamá también, a ella le encanta la carne.”
“¡Está bien!”
*Squeak, squeak*... los zapatitos se alejaron.
Leandro se frotó la nieve que le había entrado en los ojos. Al derretirse en las yemas de sus dedos, la nieve se volvió agua, y al retirar la mano, sus ojos estaban húmedos.
Se frotó el tabique nasal, intentando tragar el nudo en la garganta.
[Lorenzo, eres todo un estuche de monerías.]
Lorenzo no mostró ni una pizca de falsa modestia: [Así es. Hoy en día, no hay muchos presidentes corporativos tan hacendosos como yo.]
En ese momento, Leandro entendió que los tintineos metálicos eran de la espátula en la sartén, y el zumbido era el extractor de la cocina.
Al darse cuenta de eso, el cálido ambiente familiar pareció traspasar la línea telefónica.
El calor del aceite donde se freían las costillas a la menta pareció quemarle los oídos.
Bajó la cabeza y miró sus zapatos, parados sobre charcos de nieve derretida.
“¡Guau!”, el cachorrito rasguñó la mochila.
Leandro miró hacia abajo; el hombre y el perro se observaron en silencio.
El perrito tenía hambre.
Él tampoco había cenado.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA
Porque no se pueden desbloquear los capitulos? Siempre sale error...
Que horrible, tan pocos capítulos diariamente, que le pasa al escritor, que no puede terminar un libro de una vez???...