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VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA romance Capítulo 336

“¡Lo siento!”

“Es que... en ese momento... no pude controlarme.”

Isabel se llevó los dedos a la boca, mordiéndose las uñas con sus perfectos dientes de porcelana. Susurrando entre dientes, parecía desconectada de la realidad.

“Valen solo tiene tres años”, dijo Leandro, mirándola fijamente.

Isabel levantó la cabeza de golpe. Sus ojos, llenos de lágrimas, lo miraron con intensa desesperación.

“¡Todo es porque hoy me hablaste feo!”

“Estaba destrozada, me fui furiosa y no viniste a buscarme, ni a consolarme.”

“En lugar de eso, te fuiste a beber y ni siquiera me llamaste.”

“¡Sentí que me volvía loca!”

“No pude controlar mis emociones y empecé a imaginar cosas. Pensé que todo esto era culpa de Valen, que por su culpa yo terminaba herida.”

“Estaba tan enojada con ella... Al principio, solo quería darle una lección.”

“Pero...”

Isabel rompió a llorar.

“Mientras la golpeaba, sentí más ganas de hacerlo... Unas ganas enfermizas. Y entre más la golpeaba, más alivio sentía en el pecho, y entonces...”

Ugh...

Leandro se cubrió la frente con la mano, echó la cabeza hacia atrás y miró al techo con rigidez.

El oficial lo interrumpió: “Permítame su identificación.”

Después de revisarla.

El oficial declaró: “Por la seguridad de la menor, debemos notificar a sus tutores legales.”

Llamaron a Adán Molina.

Una voz somnolienta y cargada de irritación respondió.

[No estoy en la ciudad. No tengo tiempo para esto.]

Adán estaba de vacaciones con Yanina Solis. Como ella cursaba los primeros meses de embarazo, él no se apartaba ni un segundo de su lado.

La segunda llamada fue para los abuelos paternos de Valen.

La señora Molina dijo: [Cuando se divorciaron, cada uno se quedó con un niño. Si el padre no puede, busquen a su madre.]

Dejaron a la madre de Valen para el final, ya que sabían que la mujer tenía un historial clínico de depresión severa antes del divorcio.

Pero lo que nadie esperaba...

Es que la mujer fue muy clara y directa.

Su nombre era... Viviana Vargas.

Los documentos presentados incluían un contrato con una famosa empresa de ilustración digital, acuerdos firmados con una compañía de diseño de personajes, certificaciones de su carrera como artista y, lo más importante, un certificado médico que declaraba su total recuperación psiquiátrica.

Isabel también lo vio.

Levantando su rostro aún manchado por las lágrimas, se burló de Viviana.

“Vaya, te divorciaste y te volviste obediente, ¿no? ¿Te rendiste? ¿Fuiste corriendo a pedirle perdón a tu papito el comandante? Hasta te cambiaste el nombre.”

Años atrás, Viviana Vargas quiso casarse con Adán Molina cuando aún no se graduaba de la universidad.

Su padre se opuso rotundamente, advirtiéndole que si lo desobedecía, actuaría como si nunca hubiera tenido una hija.

Ella eligió el amor ciegamente.

Y cortó todos los lazos con su padre viudo.

Pero después de unirse a la familia Molina, no vivió ningún romance de cuento.

Se convirtió en ama de casa, apartada de su padre y sintiéndose inútil.

Su matrimonio fue un absoluto desastre.

Empezó a perder la razón, cortándose las muñecas, intentando saltar de edificios...

Nadie en la familia Molina la tomaba en serio.

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