Zulema soltó una carcajada ante la comparación. Se inclinó para acercar a la niña, la examinó de pies a cabeza y la llenó de elogios con total sinceridad.
—Nuestra Cereza también está preciosa hoy. Eres el hada de las flores más hermosa de todo el universo.
A Cereza le dio pena tanto halago y se frotó la cabeza, pero de inmediato recordó algo. Muy orgullosa, sacó dos anillos de su canastita de flores.
—¡Mira! ¡Hoy seré yo quien le lleve los anillos a papá y a mamá! La abuela dijo que es la misión más importante y que solo las niñas más buenas pueden hacerlo.
Zulema le acarició el cabello con ternura.
—La abuela tiene toda la razón. Es la misión más importante, y Cereza es la niña más buena de todas.
Julieta contemplaba la escena con una enorme sonrisa.
Completamente satisfecha, Cereza guardó los anillos de vuelta en la canasta, pero se aferró a Zulema, negándose a irse.
—Mamá, allá afuera hay mucho ruido y muchísima gente. Hay un montón de señores y señoras que nunca he visto. No quiero salir, me quiero quedar aquí contigo.
Julieta intentó persuadirla.
—Cereza, ve afuera a ver si papá necesita ayuda.
Pero a la niña no le importó.
—Papá puede arreglárselas solo. Yo quiero acompañar a mamá.
—Pero si tú vas a ser el paje de mamá —le explicó Julieta—. Tienen que entrar por lugares separados, ¿entiendes?
Cereza asintió un poco desilusionada.
—Está bien, ya entendí.
Se dispuso a marcharse con evidente pesar, cuando un empleado llamó a la puerta y entró con una expresión de incertidumbre.
—Dime qué sucede —le indicó Julieta.
El empleado pareció buscar las palabras adecuadas antes de hablar.
—Señora, señorita, afuera hay una niña de más o menos la edad de la señorita Cereza. Dice que viene a buscar a su mamá.

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