Al escuchar esas palabras, Yolanda giró la cabeza lentamente hacia ella.
El odio en su mirada aún no se había disipado del todo, pero ahora había un rastro de duda.
Lo que Úrsula decía tenía sentido. Si de verdad no temía que el secreto saliera a la luz, entonces no tenía ningún motivo para envenenarla.
Al notar ese fugaz destello de indecisión en los ojos de Yolanda, Úrsula sintió una enorme satisfacción interior, aunque por fuera seguía manteniendo su fachada de amiga herida y falsamente acusada.
Aprovechó la oportunidad para seguir manipulándola y cambió a un tono más solemne y reflexivo.
—Sé que me guardas rencor. La razón por la que no llamé a la policía de inmediato fue porque quería esperar a que despertaras para que pudiéramos hablar de esto. Yoli, dime la verdad, ¿de verdad crees que fui yo? Llevamos tantos años siendo amigas, ¿por qué querría lastimarte? Piénsalo bien. ¿A quién crees que le hace más feliz verte en este estado?
Yolanda pareció asimilar sus palabras, y su mirada se volvió pensativa.
De repente, sus pupilas se contrajeron. Como si acabara de recordar algo, empezó a agitarse con fuerza.
Comenzó a gruñirle furiosamente a Úrsula, agitando las manos en el aire como si tratara de dibujar algo. Estaba mucho más alterada que antes.
Úrsula se apresuró a sujetarla por los hombros para tranquilizarla, fingiendo una preocupación genuina.
—¡No fuerces la garganta! Tienes que proteger tu voz. Tus cuerdas vocales aún están sanando y no debes alterarte así.

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