Zulema se giró hacia él y le regaló una pequeña sonrisa.
Hiciera lo que hiciera, su amigo siempre estaba ahí; con él, no se sentía sola.
Sin embargo, hoy Alberto parecía haber estado de su lado. El contrato se firmó sin problemas, pero en ningún momento le reclamó nada a Úrsula.
Al final de cuentas, la seguía prefiriendo a ella.
Dejó escapar un largo suspiro y miró por la ventana. Las calles pasaban rápido, reflejando en el cristal su rostro inexpresivo, con los rasgos y la mirada borrosos.
—¿Tienes hambre? —preguntó Felipe de repente, tamborileando los dedos sobre el volante con un tono deliberadamente relajado—. ¿Vamos por una parrillada a ese local viejo?
Zulema dudó. Antes de que pudiera responder, Felipe giró el volante y tomó el desvío hacia la calle antigua.
—Ni lo pienses —dijo sonriendo—. Es una oportunidad única. Sé que tienes mucha presión, aprovechemos para relajarnos. Además, íbamos mucho a ese lugar, seguro llevas años sin ir. Has estado trabajando demasiado, te toca descansar. No te exijas tanto, nada vale más que tu salud.
Escuchando sus argumentos irrefutables, Zulema asintió suavemente y dijo que sí.
El auto zigzagueó por los estrechos callejones. Antes de detenerse, el olor a carne asada y especias al carbón inundó el aire.
Ese aroma la transportó al pasado y su estómago gruñó delatándola. Felipe, al estacionar, la miró de reojo y soltó una carcajada que le sacudió los hombros.
Zulema, inusualmente avergonzada, apartó la mirada:
—Felipe, no te burles de mí.
Hacía muchísimo tiempo que no pisaba ese lugar. Desde que se unió a la familia Fajardo, Alberto le tenía prohibido ir a sitios así y comer lo que él llamaba comida chatarra.
Cada una de sus comidas era planeada por el nutriólogo de los Fajardo: baja en grasa, sal y azúcar, con gramos exactos de proteína y carbohidratos.

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