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Volví a Nacer Cuando Él Fingió Morir romance Capítulo 226

Zulema, reuniendo todo el valor que pudo, se acercó. Xavier la tomó por los hombros con sus manos ásperas y cálidas, obligándola a inclinarse sobre los papeles.

Su voz sonó aún más estricta.

—Mira esto con atención. Quiero que me digas todo lo que pienses, que defiendas tu postura. Nadie te va a reprender por hablar. Si te equivocas, no pasa nada; todo el mundo aprende de sus errores.

Animada por sus palabras, Zulema se atrevió a compartir su inexperta opinión, aunque su voz no era más fuerte que el zumbido de un mosquito.

Xavier la escuchó, asintió levemente con gravedad, y luego la miró con una confusión evidente a través del aumento de sus lentes de lectura.

—¿A qué le tienes miedo? ¿Acaso crees que te voy a morder? Si tienes algo que decir, dilo, pero no te me quedes callada y sumisa. Quien se dedica a la investigación y no se atreve a defender sus ideas, no sirve para esto.

Hasta el día de hoy, Zulema recordaba el respingo que dio en ese momento.

Pero con el tiempo descubrió que aquel viejo estricto no era tan temible como aparentaba.

Cuando a ella se le olvidaba comer por estar atrapada en el laboratorio, él enviaba a Julia con comida, refunfuñando: "Si te mueres de hambre, ¿quién me va a procesar los datos?". Pero adentro del envase, siempre venía su guiso favorito.

Cuando publicaba una investigación importante, él fingía demencia, pero días después Julia le contaba riendo cómo su esposo había estado presumiendo con todo el mundo que su estudiante había logrado meter un artículo en una revista internacional.

Simplemente era un hombre que no sabía expresarse, escondiendo su cariño y su orgullo bajo un caparazón de dureza.

Por eso, cuando Zulema le avisó que abandonaría la ciencia para convertirse en un ama de casa a tiempo completo en la familia Fajardo, la furia de Xavier fue real.

Ese día golpeó el escritorio con tanta fuerza que ni Julia logró calmarlo.

Le gritó que estaba arruinando su futuro, le prohibió volver a llamarlo "maestro" y dijo a los cuatro vientos que su alumna más brillante había sido comprada por los Fajardo, arrastrando el nombre de Xavier Ortiz por el suelo.

Zulema recordaba perfectamente cómo se arrodilló llorando y le pidió perdón antes de salir de esa oficina. Desde entonces, maestro y alumna no habían intercambiado una sola palabra en años.

Incluso cuando regresó al Instituto recientemente, Xavier cambiaba de pasillo al verla o se escondía detrás del periódico.

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