La recepcionista se encogió, asustada por su actitud, y repitió con cuidado:
—Que se la llevó un hombre en brazos. No sé a qué clínica fueron, no dejaron ningún dato.
Alberto se puso pálido de rabia.
—Muéstrame las cámaras de seguridad.
La empleada dio un paso atrás, negando con la cabeza.
—Lo siento, señor. No podemos mostrar las grabaciones. Debemos proteger la privacidad de los huéspedes.
Alberto habló apretando los dientes.
—¡Es mi mujer! ¿Me estás diciendo que no puedo verlas?
Ella seguía negándose, manteniendo la formalidad pero sin ceder ni un milímetro.
—No se puede, señor. Son las políticas de privacidad. A menos que intervenga la policía, no le damos grabaciones a particulares.
Alberto retrocedió dos pasos. Su pecho subía y bajaba aceleradamente, tragándose a la fuerza la rabia que sentía.
—De acuerdo —masculló. Dio media vuelta hacia el ascensor y marcó al número de su asistente mientras caminaba.
En cuanto le contestaron, dio órdenes precisas.
—Averigua ahora mismo en qué hospital está Zulema. Llama a todas las salas de urgencias, una por una, y hazlo rápido.
El asistente no perdió el tiempo. Colgó, movió sus influencias para revisar los registros de tráfico y las bitácoras de emergencias, y en menos de tres minutos tuvo la respuesta: Zulema estaba en el Hospital Central.
Alberto condujo a toda velocidad hacia el Hospital Central hasta que encontró la sala de observación.

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