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Volví a Nacer Cuando Él Fingió Morir romance Capítulo 188

En sus brazos, el corazón de Zulema latía a un ritmo descontrolado.

A esa distancia tan corta, notó por primera vez que el hombre tenía un pequeño lunar en el costado del cuello, justo entre el lóbulo de la oreja y el borde de su camisa, normalmente oculto por su corbata.

Apenas visible y, de una manera inexplicable, sumamente atractivo.

Sintió un extraño revuelo interno, pero de inmediato se dio una explicación lógica: todo era culpa de la droga, que la volvía demasiado sensible hasta para notar esos detalles.

Los sofocos volvieron a atacarla, y habló con un leve jadeo contenido.

—Señor Ríos, ¿podría apresurarse, por favor? Me estoy sintiendo mal de nuevo.

Él le dirigió una rápida mirada y aceleró el paso hacia la sala de observación.

Una enfermera le conectó el suero y el médico, tras darle unas últimas indicaciones, cerró la cortina divisoria y salió.

Acostada en la camilla, al ver que Sebastián no tenía intenciones de marcharse, ella tomó la iniciativa.

—Muchas gracias de nuevo, Señor Ríos. Si tiene cosas que atender, puede retirarse. Estaré bien sola.

Sebastián alzó una ceja, con un tono cargado de cierto sarcasmo indescifrable.

—¿Tanta urgencia tienes de que me vaya? Zulema, ¿acaso crees que voy a devorarte?

Zulema decidió no insistir. El temperamento de ese hombre era demasiado impredecible. Ya había sufrido bastantes humillaciones por esa noche y no quería hacer enfadar a nadie más.

Apretó los labios, bajó la mirada y guardó silencio.

El lugar quedó en absoluto silencio. Sebastián se sentó en un sofá pegado a la pared, tomó una revista del revistero cercano, cruzó sus largas piernas y empezó a leer. Estaba claro que no pensaba irse.

Observarlo la dejó atónita. ¿Quién habría imaginado a Sebastián Ríos velando el sueño de alguien junto a un suero?

El propio pensamiento la asustó, así que cerró los ojos para dejar de darle vueltas.

Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, Úrsula Salazar miró de reojo la puerta cerrada para asegurarse de que Alberto no la escuchara y marcó el número de Yolanda.

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