Zulema se aferró rápidamente a su cuello rasgado, con la voz temblando al borde del colapso.
—No lo conozco de nada.
Con expresión gélida, Sebastián dio un paso adelante, se quitó su chaqueta del traje y se la echó por los hombros.
—Cúbrete.
Se dio la vuelta y miró a Gonzalo desde arriba antes de ordenarle a su asistente con voz grave:
—Llama a la policía.
El asistente sacó su celular de inmediato y marcó a emergencias.
Sometido en el suelo, Gonzalo seguía retorciéndose intentando levantar la cabeza mientras gritaba barbaridades.
—¿Por qué me agarran? ¡Es un asunto de adultos y ella consintió! ¡Es la esposa que me presentó mi prima! ¿Con qué derecho se meten?
Sebastián se acercó a paso lento, desabotonándose los puños de su camisa y remangándoselos, dejando al descubierto sus fuertes antebrazos.
Se detuvo frente a él, se inclinó, lo agarró por el cuello de la camisa y lo levantó a medias del suelo.
Gonzalo se vio obligado a levantar la cara, con sus marcas de acné brillando bajo la luz.
Sebastián lo miró y, levantando el puño, le propinó un golpe brutal en el rostro. Una furia asesina asomó en su mirada.
El impacto no tuvo piedad. La cabeza de Gonzalo se ladeó violentamente, la sangre brotó de su nariz cubriendo la mitad de su rostro y su cuerpo volvió a desplomarse sobre la alfombra como un saco de arena.
Se quejaba de dolor en el piso.
—¡Por qué me pegas! ¡Me las vas a pagar! ¡No te la vas a acabar!
Sebastián se enderezó, tomó la toallita húmeda que le ofreció su asistente y se limpió la sangre de los nudillos. Sus ojos estaban desprovistos de emociones y su voz fue como hielo.
—Guarda tus palabras para la policía.

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