Al pasar por la recepción, escuchó a dos empleadas murmurando entre ellas.
—Esa mujer de hace un momento se veía muy mal, ni siquiera podía abrir los ojos.
—Iba su familia con ellos, seguro no es nada.
Sebastián detuvo ligeramente su paso, miró de reojo a las recepcionistas, pero no le dio mucha importancia y continuó hacia los ascensores.
Su asistente le entregó la tarjeta de su habitación y ambos entraron al ascensor.
Mientras tanto, otra cabina se abrió con un timbre en el piso doce.
Gonzalo salió con Zulema a cuestas. Yolanda lo acompañaba llevando los zapatos de ella; los tres caminaron sobre la gruesa alfombra del pasillo sin apenas hacer ruido.
Yolanda pasó la tarjeta para abrir la puerta y lo apresuró en voz baja.
—Entra rápido, que nadie nos vea.
Gonzalo tiró a Zulema sobre la cama, se enderezó y sacudió sus brazos entumecidos.
—A partir de hoy, será mía. Por el bien de su reputación no va a armar ningún escándalo. Las mujeres le dan mucha importancia al qué dirán; al final no le quedará otra que estar conmigo.
Hundida en el colchón, el mundo le daba vueltas a Zulema.
Tuvo un destello momentáneo de lucidez al escuchar a Yolanda cerrando la puerta y, al abrir los ojos, vio la silueta de Gonzalo junto a la cama, desabrochándose la camisa.
Con todas sus fuerzas rodó hacia el borde de la cama. A través de la rendija de la puerta entraba la luz cálida del pasillo y, al fondo, apareció una familiar figura vestida de negro.
Sebastián caminaba en su dirección acompañado de su asistente, a paso relajado.
Sin importar quién fuera, y sin saber si la escucharía, Zulema intentó pedir ayuda, pero su voz era tan débil y rasposa que nadie podría notarlo.

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