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Volví a Nacer Cuando Él Fingió Morir romance Capítulo 160

El profesor Ortiz soltó un bufido estrepitoso, se quitó los lentes de lectura y los aventó sobre la mesa de centro, cruzándose de brazos por detrás de la espalda.

—¿Preocupado yo? Ella se lo buscó por andar de metiche cuidando hijos ajenos, ¡y encima la hija de Sebastián Ríos! ¿Sabe acaso de quién se trata?

Caminó de un lado a otro de la sala, cada vez más exaltado, levantando la voz.

—¡Ese hombre es un paranoico de primera! Hace y deshace en el mundo de los negocios a su antojo. Incontables mujeres han tratado de acercársele, ¿y saben cómo terminaron todas? ¡Desaparecidas del mapa! Sin dejar ni un solo rastro en este mundo. ¿Y tú todavía tienes la audacia de andar paseándote frente a él? Escúchame bien: vas a cortar cualquier vínculo que tengas con ese tipo y no quiero volver a saber que te la pasas rondándolo.

Zulema frunció el ceño. Se quedó de pie en el pasillo, sin dar un paso más.

—Profesor, yo no he andado rondando para llamar su atención. Si fui, fue por una razón...

Los ojos del profesor Ortiz se abrieron desorbitadamente, sin darle tregua para terminar.

—¡No me importan las razones, es un no rotundo!

Julia caminó hasta el sofá y tomó asiento, guardando silencio durante un momento.

Normalmente, siempre intercedía por Zulema o Felipe para calmar la terquedad de su marido, pero esta vez, no la defendió.

Levantó la mirada hacia Zulema, y su tono fue mucho más severo que de costumbre.

—Zuly, no diré mucho, pero en esto, el profesor tiene razón. Sebastián Ríos no es un hombre transparente; su mundo no es algo con lo que debamos involucrarnos. Las consecuencias de meternos con alguien como él son inimaginables e insoportables para nosotros. Para evitarnos desgracias, es mejor que mantengas tu distancia.

Zulema se encontraba en el centro de la sala. El profesor, Julia y Felipe la miraban fijamente; no había espacio para negociación en sus miradas.

Entreabrió los labios queriendo explicar que Sebastián, en realidad, no era tan aterrador como todos creían. Que había sido él quien veló por ella un día entero en la habitación del hospital, el que le compró la cena y le entregó las entradas al foro académico.

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