Al terminar su jornada, Zulema recogió sus cosas y salió del instituto. Apenas cruzó la puerta principal, vio a Alberto y a Úrsula parados juntos junto a un auto. Sin detener el paso, se dispuso a rodearlos.
Alberto dio un paso al frente, bloqueándole el camino a propósito. Su tono tenía una falsa preocupación paternalista: —Zulema, no olvides la reunión familiar de esta noche. Vine a buscar a tu cuñada, puedo llevarte con nosotros de paso.
Cuando terminó de hablar, la sonrisa de Úrsula se congeló por un instante.
Sin embargo, no dijo nada, ya que negarse la haría ver mezquina. Así que rápidamente reprimió su incomodidad y fingió generosidad: —Así es, Zulema, vayamos juntos.
Zulema giró la cabeza, con el rostro inexpresivo, pero con una sonrisa educada y distante en los labios: —No es necesario, no me gusta amontonarme con otras personas en el mismo auto.
Dicho esto, sin prestarles más atención, se dio la vuelta y se fue.
La mirada de Alberto se volvió gélida por un segundo, pero no la siguió ni dijo nada más. Retiró la vista y le dijo a Úrsula: —Ursi, vámonos entonces.
Úrsula sonrió con dulzura y asintió: —Está bien. —Al subir al auto, lanzó una mirada furtiva hacia la dirección en la que Zulema se había ido.
Zulema condujo en dirección a la mansión de la Familia Fajardo. A mitad de camino, el tráfico comenzó a avanzar lentamente hasta que los autos se detuvieron por completo.
Frunció el ceño, se desabrochó el cinturón y bajó del auto para ver qué sucedía. Un vehículo negro estaba cruzado en medio de la calle, claramente averiado.
Se acercó un par de pasos más y reconoció la placa. Era el auto de Sebastián Ríos. Zulema se sorprendió; el mundo era un pañuelo.

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