El ceño de Alberto se frunció bruscamente.
Se quedó en silencio un par de segundos y recompuso su expresión rápidamente. Cuando volvió a hablar, su tono acusador había cambiado por el de una figura de autoridad protectora, asumiendo su supuesto rol de hermano mayor.
—Cuñada, como mi hermano ya no está con nosotros, es mi deber cuidar de ti en su lugar.
Pronunció la palabra "cuñada" de forma clara y precisa, como si intentara dejar un mensaje muy específico.
—Tengo que velar por ti —continuó Alberto, adoptando una expresión grave, como si cargara con una gran responsabilidad—. Incluso si piensas en volver a casarte, no deberías conformarte con cualquier hombre a la ligera. Esto es una decisión muy importante. Además, deberías considerar lo que sentirá Milagros. Sebastián ya tiene una hija propia, ¿cómo puedes garantizar que hará feliz a Milagros?
Hablaba cada vez más rápido, con el pecho apretado, como si tuviera un nudo de frustración atorado en la garganta.
Al verlo con esa actitud de superioridad moral, Zulema solo sintió que la situación era completamente absurda.
Un hombre que había decidido fingir su propia muerte, robarse una identidad ajena y presentarse ante ella con la fachada del cuñado preocupado para dictarle con quién debía casarse. ¿Con qué derecho se atrevía a soltarle ese sermón?
La familia Fajardo la necesitaba para mantener el estatus de nuera modelo, y querían que su hija siguiera siendo la nieta perfecta. Por lo tanto, aunque su esposo estuviera supuestamente muerto, ella debía aferrarse a ese lugar y no buscar una nueva vida.
Y en cuanto a si él todavía sentía algo por ella... Zulema no era tan ingenua como para creer en cuentos de hadas.
Lo único de lo que estaba segura era que, efectivamente, estaba a punto de casarse, pero Alberto no podía enterarse todavía. Conociendo su carácter, seguramente intentaría arruinarlo todo.
Soltó un suave suspiro, ahogó sus verdaderas emociones y, mirándolo a los ojos, esbozó una sonrisa cortés. —Gracias por el consejo, cuñado. Lo pensaré seriamente.

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