—El Señor siempre supo todo, solo que no dijo nada frente a la Señora.
—El Señor la detuvo porque considera que no debe seguir equivocándose.
—Aunque fuera una broma, para el Señor no lo fue.
—No es que el Señor no confíe en usted, sino que… una simple palabra de la Señora puede costarle la vida a alguien.
—Por la relación que tuvo con su madre, el señor Huerta está en Liaskó… Lo que la Señora diga, representa la voluntad del señor Huerta.
—Aquí es… ¡territorio de la familia Huerta!
Mauricio asintió.
—Así es, Señora. Todo lo que alcanza a ver, son propiedades de la familia Huerta.
—Supongo que… ya conoció al señor Huerta en Liaskó, ¿no es así?
«¿Me equivoqué?».
Pero lo que le dijo a Saúl no tenía esa intención en absoluto.
Rafaela frunció el ceño. Al mirar por la ventana, notó que en algún momento había comenzado a llover.
—El día de la conferencia de prensa, cuando se fue la luz en el Residencial Jardín Dorado, ¿la Señora de verdad creyó que fue un cortocircuito y no algo provocado?
«¿No fue un accidente? ¿Fue Liberto?».
En ese momento, todo el Residencial Jardín Dorado se quedó sin luz, Liberto estaba ahí y la transmisión en vivo se interrumpió. ¿Acaso él… lo había previsto todo?
Sorprendida, Rafaela lo miró.
Antes, sin importar cuán crueles fueran las palabras de Rafaela, o cómo lo humillara verbalmente, él nunca la había mirado con esa expresión tan extraña.
Mauricio, de pie detrás de ella, le extendió el botiquín de primeros auxilios que había encontrado en la habitación.
—Ahora mismo, el Señor necesita que la Señora lo cuide. No hace falta que le diga palabras bonitas, con que usted se presente ante él, el Señor se calmará solo.
—Tú… le das demasiada importancia a mi lugar en su corazón.
—Es la Señora quien se subestima, quien cree no ser importante para el Señor.
—En realidad, la Señora no necesita hacer mucho. No importa cuán hirientes hayan sido sus palabras, consuélelo un poco… y el Señor se contentará.
Rafaela entró en el estudio. Aparte de la humedad que él había traído consigo, no vio a Liberto por ningún lado, pero escuchó el sonido de la ducha en el baño.
Dejó el botiquín sobre la mesita frente al sofá. Junto a este, se encontraba su celular. La pantalla seguía encendida, sin bloquear. La mirada de Rafaela se ensimismó, perdida en sus pensamientos. Mientras escuchaba el sonido de Liberto duchándose, dudó un momento… pero finalmente, tomó el celular de Liberto.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Venganza Reencarnada de la Rica Heredera
Excelente novela...