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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 904

Era el paraíso de los vivos.

Un «cielo» redefinido por el poder y con reglas nuevas.

La vida que Rafaela disfrutaba en Floranova ya era inalcanzable para la gente común, algo digno de envidia. Pero desde que llegó aquí y vio apenas la punta del iceberg de la familia Huerta, sintió que se le abrían los ojos; tenía una nueva perspectiva sobre lo que realmente eran los Huerta.

En cuanto cruzó la entrada, vio a miembros de la alta sociedad abrazando a mujeres sensuales una tras otra. El suelo bajo sus pies era como un espejo, exponiendo todo lo que había debajo de las faldas a la vista de todos.

Por suerte Rafaela traía vestido largo, pero al mirar el suelo, vio el reflejo de una hermosa mujer con un vestido de aberturas peligrosas; no llevaba ropa interior y todo quedaba a la vista.

Qué... enfermos.

Rafaela se detuvo en la entrada, se cruzó de brazos y alzó una ceja.

—Israel, esto me resulta muy incómodo.

—Mis disculpas, señora. Espere un momento.

Israel parecía tener mucha autoridad allí. Con solo una mirada, los guardias de traje y guantes blancos accionaron algún interruptor y el efecto de espejo en el suelo desapareció, volviendo a ser un piso normal.

Rafaela entonces dio un paso y lo siguió hasta un elevador privado y silencioso.

El elevador los llevó al restaurante *Salón Diamante*. Era el restaurante más lujoso que Rafaela había visto. El nombre de «paraíso» no era en vano. Varias de las mujeres más hermosas rodeaban a Saúl, vestidas con gasas tan finas que era como si no llevaran nada.

Lorenzo se adelantó para retirarle la silla a Rafaela.

—Siéntese, por favor.

—Nunca he perdido. Tu padre me quitó a tu madre hace años, tengo que ganar alguna vez. ¡Quién sabe, tal vez algún día seamos una familia!

—¿Una familia? —Rafaela soltó una carcajada—. Creo que en esta vida eso será imposible. Ser familia tuya sería tener muy mala suerte.

A Saúl no le importó la falta de respeto de Rafaela. Si fuera cualquier otra persona, ya la habrían matado cientos de veces, y probablemente no dejarían ni el cadáver.

—Jajaja, algunas cosas no se saben hasta el final.

—Traigan eso.

Saúl dio la orden y un guardaespaldas colocó un maletín frente a Rafaela.

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