En cuanto se mencionó la comida, a Moisés le brillaron los ojos.
Inmediatamente se dirigió al patio trasero.
Los pollos que criaba el Doc se mantenían allí, libres para deambular. Insistía en que los pollos de corral sabían mejor.
Observando la pequeña figura que se alejaba corriendo, el Doc murmuró: —Este comelón. En cuanto se trata de pollos, se olvida hasta de sus padres biológicos.
Se levantó y lo siguió.
—Ya estoy viejo y se me cayeron todos los dientes, así que no puedo comer. Puedes comerte los dos.
Moisés volteó la cabeza. —¿Pero no tiene todos los dientes? Los muslos son la parte más carnosa y sabrosa. ¡Usted siempre dice que son lo mejor! ¿Por qué no puede comer?
De todas formas, él solo se comería uno. El otro era para el Doc.
El Doc explicó: —Son dientes postizos.
—Puede comer muslos. Si se niega, llamaré a la maestra y le diré que una viejita viene a visitarlo seguido, diciendo que quiere pasar el resto de su vida con usted.
La cara del Doc se ensombreció. —¡Mocoso, si te atreves a chismear, ya verás, te daré una lección!
Era cierto que una anciana lo había estado molestando últimamente para que fuera su pareja.
A su edad, no quería ese tipo de compañía.
El Doc le dio un golpecito en la cabeza. —Mocoso, ¿ahora me estás chantajeando?
—Si no me deja ser un buen hijo y compartir los muslos, le diré a la maestra que tengo miedo de que diga que no lo he estado cuidando bien y que deberíamos encontrarle una abuelita para que le haga compañía. Es el momento perfecto para decirle a la maestra...
—¡Está bien, está bien! Nos comeremos un muslo cada uno. ¿Contento?
—¡Apúrate y ve a atrapar un pollo, pero que no sea muy grande. Lo vamos a hornear. Los pequeños son los mejores para eso.
De todos modos, los dos solos no podían terminarse un pollo muy grande.
Con un alegre asentimiento, Moisés salió corriendo a cazar su presa.

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