Teo soltó una maldición al ver el identificador de llamadas. Su madre. Otra vez. No hacía falta ser adivino para saber por qué insistía tanto. Ella ya se había enterado de que se había convertido en un hombre casado. Probablemente alguno de sus amigos del mundo del espectáculo se lo había contado. El nombre de su madre no era famoso solo en Italia; su influencia se extendía por medio mundo, y las noticias la alcanzaban con una velocidad que a veces parecía sobrenatural.
Apagó el sonido y dejó que el teléfono siguiera vibrando antes de meterlo de vuelta en el bolsillo. Tendría que contestar en algún momento, claro, pero no ahora. No estaba listo para darle explicaciones, y mucho menos para admitir que se había enterado de su nuevo estado civil al mismo tiempo que todo el mundo… quizá incluso después de muchos.
El escándalo ya corría como pólvora, y si alguien descubría las verdaderas circunstancias de aquella boda, entonces sí, se desataría un verdadero incendio mediático.
Antes de entrar a la sala de juntas, respiró hondo, ensayó su sonrisa más convincente y abrió la puerta.
—Logan, señoritas, buenos días —saludó con la frescura de quien fingía no haber notado la tensión que espesaba el aire en la sala.
Su mirada se clavó en la culpable de su mal día. Aunque, siendo justos, aquella catástrofe llevaba dos firmas… y una de ellas era la suya.
—Y Hannah, por supuesto —añadió con un deje burlón.
Ella rodó los ojos y se recostó en la silla con toda la altivez de la diva que el mundo conocía. Tan impecable como insoportable. Su cabellera rubia destacaba bajo la luz de la sala, enmarcando unos ojos azules tan claros como el mar. Una preciosura, sí… aunque Teo pensó, con una punzada de ironía, que en sus cinco sentidos jamás se habría casado con ella. Aunque, si era sincero consigo mismo, tampoco negaría las ganas que tenía de ponerla sobre sus rodillas y borrarle esa mueca de superioridad.
Hannah, por su parte, sintió cómo el poco buen humor que aún conservaba se le escurría entre los dedos. Ahí estaba él, de pie, como si fuera el dueño del lugar y tuviera todo bajo control. Alto, imponente, con una sonrisa diseñada para acaparar titulares y provocar que las mujeres perdieran sus bragas, resultaba irritantemente atractivo.
—Teo, toma asiento.
La voz de Logan Harrison sacó a Teo de sus pensamientos. Su representante y CEO de Harrison Entertainment lo observaba con esa mirada que era mitad advertencia, mitad sentencia. La mayoría de empleados le temía, y con razón. Incluso con un traje impecable, Logan parecía más el jefe de una mafia que un empresario honesto. Aunque “honrado” era, en realidad, un término que difícilmente podría aplicarse al el mundo del espectáculo.
Teo sonrió con falsa docilidad y se dejó caer en la silla frente a Hannah, separados solo por la larga mesa de madera.
Logan entrelazó los dedos sobre el escritorio.
—¿Cuál de los dos piensa explicarme por qué demonios hay un certificado de bodas circulando en los medios?
—Creí que era evidente… porque estamos casados —respondió Teo, echándose hacia atrás y cruzando los brazos sobre el pecho.
Aún intentaba recordar algo sobre su supuesta boda, pero se había hecho a la idea de que aquello iba en serio desde que Logan lo había citado a la reunión. Si todo fuera solo un chisme sin fundamento, su representante no se habría molestado en convocarlos. Habría dejado que los rumores se apagaran por sí solos, tal vez lo habría obligado a ir a uno de esos programas de farándula a aclarar las cosas.
No era mal bebedor; de hecho, lo enorgullecía su resistencia. Así que aquella noche en Las Vegas debía haber arrasado con el licor del bar para borrar todo rastro de memoria. Porque, si no, no había forma de explicar cómo diablos había acabado con un matrimonio colgándole del cuello.


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