—¡Quítate de en medio! —gritó Wendy, perdiendo el control.
César, al verla así, se alarmó aún más.
—Wendy, cálmate. Estás muy alterada, y eso no es bueno para el bebé.
Dicho esto, dirigió una mirada nerviosa hacia el vientre de ella. Para él, que ella hubiera quedado embarazada de forma natural era un milagro, un golpe de suerte inesperado. Antes de esto, ya había intentado la fecundación in vitro con diferentes mujeres, pero todos los intentos habían fracasado. Y ella, de repente, lo había logrado de forma natural. Una fertilidad así era un tesoro.
Al ver su nerviosismo, Wendy sintió un frío aún más intenso.
—Solo te preocupa y te pone nervioso el bebé que llevo dentro, ¿verdad?
César endureció la expresión, pero de inmediato suavizó su rostro.
—Tontita, claro que me preocupan los dos. Anda, no te enojes más, ¿sí? Volvamos a cenar.
Wendy retrocedió un paso, y con una frialdad glacial, le dio una bofetada.
-¡Plas!-
La bofetada resonó con fuerza en su atractivo rostro. Wendy lo miró con determinación, temblando de pies a cabeza.
—César, te lo digo por última vez: quítate de en medio. Si vuelves a impedirme el paso, te juro que no dejaré que este niño venga al mundo.
Al oírla, la tensión en los ojos de César se disipó. Este bebé era demasiado valioso. Tenía que encontrar la manera de convencerla para que lo tuviera, costara lo que costara.
—Tranquila, no te enojes. Haré lo que quieras, lo que tú digas. —César, mientras la calmaba, se hizo a un lado.
Wendy, con el corazón hecho cenizas, le lanzó una última mirada y se dirigió hacia la entrada. César la siguió de inmediato.
—No me sigas.
Al salir de la mansión de la familia Santillán, comenzó a caminar sin rumbo por la carretera que descendía de la colina. Media colina pertenecía a la familia Santillán, incluida esa estrecha carretera, por lo que no había tráfico. Para tomar un taxi, tendría que caminar cinco kilómetros hasta la base de la colina.
El mayordomo y el chofer la miraban, preocupados.
—Señora, por favor, suba al carro. Le tomará mucho tiempo llegar a la base de la colina caminando. ¿A dónde va? Nosotros la llevamos.
—Además, está usted embarazada. Demasiado ejercicio podría ser perjudicial.
Wendy, como si no los oyera, continuó su camino cuesta abajo. Su mente era un caos. Solo quería sentir el viento de la montaña y reflexionar en soledad.
—¡Ya es tarde, es peligroso andar así! —El mayordomo bajó del carro e intentó convencerla con delicadeza.
Después de varios minutos de intentos fallidos, y sin más opción, llamó a Salomé para que la familia Quiroga enviara a alguien a recogerla.
—Señora, por favor, camine con cuidado, no se vaya a tropezar. Ya le avisé a la señora Quiroga, dice que viene en camino a recogerla. ¿Por qué no descansa un momento a la orilla del camino?

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