—Pero él…
César dijo: —No te preocupes por él, yo me encargo.
—… —Wendy sintió una punzada de inquietud.
De repente, se dio cuenta de que César no era tan accesible como parecía.
Era temible.
Todos le tenían miedo.
Solo con ella no lo era.
—Subamos.
—De acuerdo.
Poco después, llegaron a la oficina.
Wendy seguía intranquila, temiendo que Dante, desesperado, pudiera hacer cualquier cosa.
En su mente, no dejaba de darle vueltas a si lo que él había dicho era verdad.
La frase de Dante: «Quiere la sangre del cordón umbilical del bebé para salvar a su exnovia».
Resonaba en su cabeza como una maldición.
César, aún con su habitual ternura, preguntó: —¿Ya desayunaste?
Wendy asintió mecánicamente. —Sí, ya comí en casa.
—Qué bueno, me preocupaba que no hubieras desayunado. Pensaba llevarte a comer algo.
Wendy forzó una sonrisa. —¿Cómo crees? Si no desayuno, mi mamá me regañaría hasta el cansancio.
César dijo: —Tu mamá lo hace por tu bien. Al fin y al cabo, ahora comes por dos, ¡el bebé también necesita nutrirse!
Dicho esto, le acarició la cabeza con su gran mano, como si fuera un gato al que adora.
—… —Wendy, sentada en la silla giratoria, lo miraba atónita.
Al ver su expresión, César preguntó con preocupación: —¿Qué pasa? ¿Te asustaste?
—No, solo… ¡solo pensaba en cosas de la empresa!
—¿Cosas de la empresa? ¿Hay algún problema?
Wendy asintió con cara de agobio. —Sí, la campaña de promoción no está funcionando y hemos cometido errores en la toma de decisiones. Los veinte millones que invertimos al principio se han ido a la basura, y ahora tenemos que ajustar el plan de promoción.
Al fin y al cabo, hay que saber reconocer las propias limitaciones.
Ella, una novata en los negocios, tenía que aprender de un titán como él.
César ojeó los documentos y frunció el ceño, pensativo.
—¿Y bien? ¿Hay alguna forma de arreglarlo?
César asintió. —Sí, déjame que yo lo corrija.
—La reunión de hoy, la dirigiré yo por ti.
Wendy dijo: —¿Tú la dirigirás por mí?
César: —¡Ja! ¿No confías en mí o no quieres mi ayuda?
—…Claro que no es eso, es que estás tan ocupado que no quiero quitarte tiempo.
—No te preocupes, no tardaré mucho. Aunque preferiría que te quedaras en casa tranquilamente, como una reina.
Wendy frunció el ceño. —Eso no. Una mujer debe tener su propia carrera.
—Tengo que seguir tu ritmo, no quiero que me menosprecies. Si no, poco a poco me convertiré en una marginada social y terminarás por despreciarme.

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