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Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó romance Capítulo 96

Hanna la miró con extrañeza.

—¿No viniste buscando a Luciano? ¿Por qué me ofreces vino a mí?

Hanna acababa de enterarse de que Luciano ya había regresado del hospital, pero como había perdido mucha sangre, tuvo que irse a recostar.

En cuanto a lo que Rocío hubiera estado haciendo durante ese tiempo, a Hanna no le interesaba ni le importaba.

Pero que de repente apareciera buscándola la puso en alerta máxima. Inmediatamente dejó la copa que le ofrecía sobre la pequeña mesa del pasillo.

Rocío soltó una carcajada forzada y también dejó su copa en la mesa.

—No, la verdad es que te estaba buscando a ti. Me dijeron que habías subido, así que te seguí.

—¿A mí? —preguntó Hanna, cruzándose de brazos—. ¿Qué se le ofrece, señorita Luján?

Rocío hizo un gesto restándole importancia con la mano.

—Hanna, dime la verdad, ¿estás muy enojada porque Camilito me dijo mamá y a ti te llamó tía?

—Para nada —respondió Hanna con frialdad—. Eres su madre, después de todo. Solo espero que, de ahora en adelante, le dediques tiempo de verdad. Ser madre significa hacer sacrificios, estar presente y educarlo para que crezca siendo un buen hombre.

Una chispa de furia y desdén cruzó por el rostro de Rocío. Evidentemente, detestaba que Hanna usara ese tono moralista con ella. Pero un segundo después, volvió a forzar una sonrisa.

Hanna notó lo falsa que se veía. Era una hipocresía tan barata que ofendía. ¿Acaso Rocío pensaba que estaba tratando con una niña de kínder?

Aun así, Hanna decidió seguirle el juego para ver a dónde quería llegar.

—Para serte sincera, señorita Luján, no me molesta en absoluto que hayas reclamado al niño. Porque la verdad es que ya no me interesa ser su madre. Es más, ni siquiera me interesa seguir con Luciano.

Al escuchar que Hanna estaba dispuesta a tirar a Luciano a la basura, una sombra de molestia cruzó por los ojos de Rocío.

Rocío siempre se había sentido superior porque podía manejar a Luciano a su antojo.

Sabía perfectamente que Luciano trataba a Hanna con frialdad, mientras que a ella le cumplía hasta el capricho más absurdo. Eso alimentaba su retorcido sentido de superioridad.

Su mayor placer era humillar a Hanna. Desde el primer día que la conoció, pisotearla se había convertido en su pasatiempo favorito.

Si a Hanna ya no le importaba Luciano, la diversión de Rocío perdería su gracia.

Rocío volvió a sonreír, esta vez con más malicia.

—Como sea, Hanna, Lucho nunca te va a amar. Irme de esta familia es lo mejor que puedes hacer. Javier Navarro no tendrá el nivel de Lucho, pero sigue siendo un pez gordo. Hagamos un brindis: celebremos que yo me casaré con Lucho y que tú te conseguirás otro buen partido. Ya sea Navarro o Julián Serna, cualquiera te sirve.

Por dentro, Rocío estaba que se la llevaba el diablo. No lograba entender qué clase de brujería usaba Hanna para que Luciano se negara a firmar el divorcio.

Se imaginaba que Hanna debía hacer maravillas en la cama para que él no quisiera dejarla, y eso la enfermaba. Para Rocío, Hanna era como una mosca asquerosa parada sobre su platillo favorito.

Hanna, por su parte, sentía verdaderas náuseas al escucharla. Era tan repulsiva y falsa.

Reprimiendo el asco, fingió seguirle la corriente.

—Te lo agradezco, señorita Luján. Brindemos entonces por mi exitoso divorcio.

Rocío levantó rápidamente las copas de vino que estaban sobre la mesa.

—¡Salud! A partir de hoy, hasta podríamos ser grandes amigas.

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