Al sentirse abrumada por la desesperación, Rocío no tuvo más remedio que desahogar toda su furia contra Hanna.
Luciano sabía en el fondo que él tenía parte de la culpa de lo que le había pasado a Rocío la noche de su compromiso.
De lo contrario, no habría reprimido su molestia y se habría obligado a ir al hospital.
Bajo la intensa mirada escrutadora de la anciana, Luciano no tuvo más opción que responder:
—Aún no me siento listo para un nuevo matrimonio, por eso decidí no asistir.
Su respuesta dejó a todos boquiabiertos. Doña Marisol entrecerró los ojos y, con una voz cargada de veneno, le lanzó:
—¿Estás insinuando que te estamos forzando a casarte?
Luciano captó la advertencia de inmediato. Con Rocío hospitalizada, él ausente la noche anterior y ahora mostrándose rebelde, estaba claro que doña Marisol tomaría medidas.
Y era casi seguro que iría directo a quejarse con don Ricardo.
Sin más remedio que ceder terreno, bajó la mirada y dijo:
—Solo necesito algo de tiempo para procesar todo esto. Si usted quiere encontrar a un culpable por lo de Rocío, que sea yo. Hanna no tiene absolutamente nada que ver.
Gustavo, sin poder contenerse, intervino:
—Luciano, ¿cómo puedes estar tan seguro? Las apariencias engañan; hay quienes se hacen los santos, pero tienen el alma podrida. ¿Acaso no le rompió la pierna a Rocío en menos de un día solo porque ella tuvo un accidente en su momento? Alguien con esa maldad es capaz de cualquier cosa contra mi hija.
Luciano dudó por un instante. Sabía que era verdad que Hanna había lastimado a Rocío.
Aunque más tarde se supo que Gustavo y los médicos habían exagerado la gravedad de la lesión para obtener un mejor trato, el hecho seguía ahí.
Aun así, Luciano no quería que Hanna sufriera. Ya la habían golpeado y obligado a arrodillarse antes, y no iba a permitir que este incidente desatara de nuevo la furia de doña Marisol contra ella.
Su mayor ambición era entrar en la alta sociedad.
En otras palabras, desde el momento en que descubrió que Rocío era pariente de los Quintana, comenzó a planear cómo usarla para acercarse a la familia.
Su objetivo final era casarse con el primo de Rocío, Damián Quintana, el único heredero del imperio, para darle hijos y asegurar su lugar en la dinastía.
Y la mujer frente a ella no era otra que la abuela del mismísimo Damián.
Era su único familiar vivo.
Si lograba ganarse su favor, tendría el camino libre para convertirse en su nieta política.
Mientras ella tejía sus planes, llegaron a la habitación.
El grupo entró en el cuarto privado de Rocío. Para evitar que la anciana utilizara su poder para mandarla a la cárcel, Hanna también entró, decidida a demostrar su inocencia.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó