Luciano se acercó de inmediato al médico.
—Doctor, soy familiar de la paciente.
Hanna y Julián sintieron una profunda ironía.
Luciano no había dejado de acusar a Hanna de infidelidad, escudándose en la falta del acta de divorcio para imponerle que todavía era su esposo.
Pero en cuanto se mencionaba a la amante, él no dudaba en presentarse como el familiar responsable.
Su doble moral era asombrosa; parecía que no veía nada de malo en su propia traición matrimonial.
Para Hanna, no podía ser más hipócrita.
El médico se quitó el cubrebocas.
—Logramos salvar al bebé, pero la próxima vez deben tener mucho cuidado.
Luciano asintió, aunque sin rastro de alegría en su rostro.
Se acercó a la camilla de Rocío para ver cómo estaba, solo para descubrir que Tatiana se había adelantado y estaba casi encima de ella.
Tatiana preguntó, simulando gran preocupación:
—Rocío, me dicen que por fin el bebé está a salvo. ¿Te duele mucho? ¿Quieres que te revisen otra vez?
Al escucharla, Rocío se incorporó a duras medias y su mirada se clavó directamente en Hanna, que estaba a unos pasos.
Había sido Tatiana quien le había avisado a Rocío que Hanna y Julián estaban en el hospital.
Solo de recordar lo sucedido en la mansión, Rocío sentía una punzada de dolor insoportable.
Nunca en su vida había sido tan humillada.
Había tocado fondo y, para colmo, había sido violentada por la gente de su propio círculo social.
Por supuesto que odiaba a Hanna con toda su alma.
Levantó el dedo acusador y gritó:
—¡Es por culpa de Hanna! ¡Ella casi hace que pierda a mi bebé!
Luciano la miró, extrañado, y luego se volvió hacia Hanna, exigiendo respuestas:
—Hanna, ¿tú le hiciste esto a Rocío?
Hanna dio un paso al frente y observó a Rocío. Su rostro pálido y demacrado confirmaba que, en efecto, había estado a punto de sufrir un aborto.
Desconociendo los detalles, preguntó:
—¿Lo que yo hice? ¿O lo que hizo ella?
—Hanna, no tienes idea de lo que te espera por meterte con Rocío —le advirtió Tatiana.
Hanna apretó los labios.
—De verdad no sé de qué hablas.
Apenas pronunció estas palabras, se escuchó una voz aduladora a sus espaldas:
—Por aquí, señora, aquí es donde le hicieron la intervención a Rocío.
Al voltear, Hanna vio a un hombre servil, seguido de un séquito, guiando a una anciana en silla de ruedas. La anciana no es que no pudiera caminar, sino que por su avanzada edad prefería no esforzarse. Estaba sentada en una imponente silla de ruedas de madera maciza acolchada, empujada por sus guardaespaldas.
Las comisuras de los ojos de la anciana, arrugadas y caídas, delataban una furia contenida.
Sostenía un fino vaso de té en sus manos.
Tatiana, al ver llegar a Gustavo Luján junto a doña Marisol Quintana, la poderosa matriarca de la familia, rápidamente agarró el brazo de Hanna para hacer un teatro.
—¡Hanna, no tienes perdón! Fuiste a la fiesta de compromiso de Rocío solo a armar un escándalo, le dijiste cosas horribles y la alteraste tanto que por poco pierde al bebé.
Antes de que Tatiana terminara de hablar, y tomando a Hanna por sorpresa, doña Marisol lanzó con fuerza su vaso de té directo a la cabeza de Hanna.

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