Contestó el teléfono.
—¿Bueno?
Al otro lado se escuchó una voz magnética y muy fácil de reconocer, con un tono cálido:
—Hani, ¿estás bien? ¿Qué pasó ayer?
Hanna recordó de golpe el encuentro con Julián Serna.
Siempre había confiado mucho en él, pero no sabía por qué, cuando chocaron la noche anterior y él se ofreció a llevarla a descansar, su instinto fue resistirse.
Más tarde, cuando la llevó en brazos a una habitación, Hanna llegó a tener un delirio de persecución.
Creía que Julián quería hacerle daño.
Ahora, con la mente más clara, Hanna sentía un poco de vergüenza.
Julián jamás le haría daño; se conocían desde hacía años y él era un hombre íntegro.
—Gracias por preocuparte, estoy muy bien —respondió Hanna.
Julián sonaba algo confundido:
—Ayer vi a unos hombres entrar a rescatarte; llevaban máscaras para ocultar sus rostros...
—Eran mis guardaespaldas, Julián —aclaró Hanna.
—Eso me tranquiliza —suspiró la voz al otro lado—. Por cierto, dejaste tu bolso en mi auto. ¿Te lo llevo? ¿Dónde estás ahora?
Hanna lo pensó un momento y respondió:
—¿Podría pedirte el favor de llevarlo a la empresa? Iré de inmediato a recogerlo.
Julián aceptó sin dudar:
—Perfecto. De hecho, también quería hablar contigo sobre un asunto. Te espero en la oficina.
Hanna recordaba vagamente que Julián había mencionado antes que tenía algo importante que decirle. ¿De qué se trataría?
Hanna se dirigió a las oficinas centrales de Sistemas Fotónicos. Gracias a su rápida expansión, la empresa había pasado de ser un loft de dos pisos a ocupar todo un rascacielos.
Llegó a la oficina de la presidencia. Aunque ella era la accionista mayoritaria, le había cedido la dirección temporal a Julián, quien seguía siendo el director ejecutivo de la empresa.
Hanna llamó a la puerta y, tras escuchar que le decían que pasara, entró a la oficina.
—Hanna, siéntate —la invitó Julián—. ¿Cómo sigues? Ayer parecía que tenías mucha fiebre.
—Si no hay nada más, me retiro entonces —dijo Hanna.
—Espera un momento —intervino Julián—. La verdad, hoy hay algo que quiero decirte.
Hanna recordó que, en efecto, Julián quería comentarle algo.
—¿De qué se trata? —preguntó.
Julián la miró a los ojos y dijo:
—Hanna, ahora que te divorciaste de Luciano y él está por casarse de nuevo, ¿qué planes tienes tú? ¿Has pensado en tu futuro sentimental?
—¿Qué?
Hanna lo miró extrañada: —¿Esto tiene algo que ver con lo que querías decirme?
Julián asintió.
Hanna se quedó pasmada. ¿Qué planes iba a tener?
Ya se había unido a un hombre extremadamente poderoso. Si se pusiera a hacer planes, sería una gran falta de respeto para el hombre que la esperaba en casa.
Aunque públicamente se decía que Damián Quintana era un hombre mayor, Hanna no lo percibía así en lo absoluto. Su vitalidad era la de un hombre en su plenitud, y su físico lucía espectacularmente joven.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó