Las noches eran un tormento infinito. Bastaba con que Damián cerrara los ojos para que la imagen de Hanna se apoderara de cada rincón de su mente.
La amaba.
Pero mientras más la amaba, más crecía un odio enfermizo dentro de él. Y mientras más la odiaba, más la necesitaba.
Llegó un punto en el que Damián ya no sabía distinguir entre ambos sentimientos; quizás, después de todo, su amor y su odio estaban hechos de la misma esencia.
Hanna se había convertido en una pesadilla de la que no podía despertar. En los momentos de duermevela, recordaba cuando eran niños... ella le había prometido que, cuando creciera, se casaría con él.
Y ahora, aquí estaba, llamando 'esposo' a otro hombre.
Damián tomó una bocanada de aire, bajando la mirada para observar profundamente a la mujer que tenía entre sus brazos.
—Suéltame —le ordenó, intentando apartar las manos que lo aferraban.
Pero, en un instante inesperado, Hanna alzó el rostro y estampó sus labios contra los de él.
Damián se congeló por completo.
El aliento de ella quemaba.
El calor de sus labios pareció transferirse directamente a su sangre, elevando la temperatura de su cuerpo en cuestión de segundos.
Su manzana de Adán subió y bajó. Con brusquedad, la tomó por los hombros y la apartó.
—¡Hanna, mírame bien! ¡No soy Luciano!
Hanna, sumida en la fiebre y la neblina de los alucinógenos, apenas captó el nombre de su exmarido y lo repitió en un murmullo inconsciente.
—Luciano... Luciano...
Damián sintió que unas garras de acero le aplastaban el corazón.
Un dolor desgarrador aniquiló cualquier rastro de razón que le quedaba.
Y tras el dolor, estalló una rabia incontrolable.
Ese infeliz la había tratado como basura, ¿y ella todavía pensaba en él en un momento como este?
Damián sabía que estaba bajo los efectos de un afrodisíaco. Quería a un hombre para calmar el fuego, ¿y su cuerpo seguía esperando que fuera Luciano?
Con una furia sorda, levantó la mano y le apretó la mandíbula.
—Hanna, ¿tanto lo amas?
El dolor del agarre la sacó un poco de su letargo. Su vista se enfocó lentamente, y volvió a encontrarse con el rostro perfecto de Damián.
Sus tupidas pestañas negras y esos ojos fríos y altivos.
Parecía estar viviendo un sueño. Anhelaba ser abrazada, anhelaba sentirse amada.
Sin decir más, Damián se inclinó y la besó con ferocidad.
No hubo ternura. La besó hasta robarle el aliento, hasta que el rostro de Hanna se tiñó de un rojo intenso por la falta de aire, y solo entonces se detuvo.
Pero al segundo siguiente, sus labios bajaron hacia su cuello.
Hanna sintió una corriente eléctrica recorrerle el cuerpo, mezclada con un leve dolor.
El sonido de la respiración agitada del hombre resonaba en sus oídos, llenando el silencio sepulcral de la habitación.
¡Toc, toc, toc!
Alguien tocó a la puerta con urgencia.
Damián recuperó la cordura de golpe.
Se quedó inmóvil, con el rostro hundido en el cuello de la chica, respirando pesadamente. Cuando logró calmarse, preguntó con voz ronca:
—¿Qué pasa?
La voz de la empleada doméstica se escuchó al otro lado.
—Señor Quintana, el médico ha llegado.
Damián se enderezó, recuperando la compostura. Se arregló la ropa rápidamente. Su primera intención fue vestir a Hanna, pero su blusa había quedado destrozada, hecha jirones esparcidos por la cama. Afortunadamente, había un conjunto de ropa de casa en el buró. Con movimientos tensos, le puso las prendas limpias y caminó hacia la puerta para abrir.

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