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Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó romance Capítulo 195

Necesitaba salir a la calle, sentir el aire fresco en el rostro para despejar su mente. Apenas se abrieron las puertas del ascensor, Hanna salió disparada, pero chocó de lleno contra un pecho firme y ancho.

—Mmh... —Hanna se frotó la frente—. Lo siento mucho.

—¿Hanna? —Una voz familiar resonó, cargada con un tono de alivio, como si llevara horas buscándola.

Hanna levantó la vista y se sorprendió al encontrarse con el apuesto rostro de Julián Serna.

El impacto pareció regresarle un poco de lucidez.

—Señor Serna.

Julián frunció el ceño ligeramente.

—Creí que me decías Julián.

Hanna se corrigió de inmediato.

—Julián.

Él esbozó una sonrisa cálida.

—Hoy es el compromiso de Luciano. Tenía miedo de que hicieras alguna locura, así que vine a buscarte. Alguien me dijo que te vio entrar al ascensor.

Sin embargo, no tardó en notar que algo andaba mal. La piel de Hanna estaba encendida.

—Hanna, ¿te sientes bien? Tienes el rostro muy rojo...

Al escuchar sus palabras, Hanna fue plenamente consciente del fuego que le quemaba las venas.

Maldición... ¿Acaso el humo sí hizo efecto?

Empezó a sentir un calor asfixiante y una sed insoportable. Solo quería tomar agua y huir de ahí.

—Estoy bien, Julián. Gracias por preocuparte, pero ya me tengo que ir. Nos vemos.

—Hanna —Julián la sujetó del brazo de inmediato—. No te ves nada bien. Si te vas así, podrías estar en peligro.

Hanna intentó soltarse con urgencia.

—De verdad, estoy bien. Alguien me está esperando afuera.

—Perdona, me precipité —dijo Julián, recuperando su habitual aura de caballero y profesor respetable. Su voz sonó suave, casi sedante—. ¿No quieres descansar un rato en la habitación que reservé? Apenas te puedes mantener en pie. Si te caes por las escaleras y te lastimas otra vez, ¿qué vamos a hacer?

Hanna sintió una punzada de miedo. La salida estaba tan cerca, pero su cuerpo no respondía.

Aun así, no quería involucrar a Julián ni comprometerse en una situación extraña.

La mente de Hanna se desvanecía por segundos.

Entre la bruma, sentía que su cuerpo era consumido por llamas, un calor que la volvía loca.

Julián le tocó la frente con delicadeza, confirmando que estaba ardiendo. Se levantó, buscó un botiquín de primeros auxilios que había en la suite y sacó un parche de gel refrescante para bajarle la fiebre.

—Todo estará bien, Hanna —murmuró mientras preparaba el parche—. Un divorcio no es el fin del mundo. Sigues siendo la misma mujer brillante de la universidad. Superarás esto.

Hanna, a través de su visión borrosa, vio cómo los largos dedos de Julián abrían un empaque de plástico.

Su mente, alterada por el afrodisíaco, la traicionó. Pensó que estaba abriendo un preservativo.

El pánico la invadió.

—No... no... Julián, por favor, no... —balbuceó, moviendo la cabeza de un lado a otro.

Julián no entendió a qué venía su terror. Simplemente despegó el plástico del parche y se lo colocó suavemente sobre la frente.

Mientras lo hacía, bajó la voz, casi en un susurro íntimo.

—Hanna, hay algo que nunca te he dicho. En realidad, yo...

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