—Tú... —Rocío abrió los ojos desmesuradamente, mirando a una Hanna que lucía perfectamente lúcida.
Hace apenas unos instantes, Hanna estaba tirada en la cama, a merced de sus caprichos.
Pero ahora, no quedaba ni rastro de la mujer débil y suplicante de hace un momento. Se movía con total libertad.
Y la que estaba inmovilizada en la cama era ella.
Rocío sintió que el pánico le oprimía el pecho.
—Hanna, ¿cómo es que puedes moverte? —preguntó con la voz temblorosa.
Hanna se limpió las lágrimas falsas que había derramado y esbozó una sonrisa helada.
—¿En serio creíste que con ponerme un trapo en la cara unos segundos ibas a desmayarme? Mis reflejos son mucho mejores que los tuyos. Nunca me desmayé, porque nunca inhalé tu porquería.
Normalmente, cuando alguien es atacado con cloroformo, el pánico hace que respire profunda y aceleradamente, inhalando una gran cantidad de la sustancia y convirtiéndose en una presa fácil.
Pero Hanna ya estaba preparada para lo peor.
Sabía que Rocío no se rendiría tan fácilmente.
En el instante en que Rocío se abalanzó sobre ella en el ascensor, Hanna contuvo la respiración. No tragó ni una sola molécula de la droga.
Y para que Rocío bajara la guardia, fingió que las piernas le fallaban.
Rocío cayó en la trampa, asumiendo que el químico había surtido efecto, y la arrastró hasta la habitación que tenía preparada.
Al entenderlo todo, Rocío la miró con un odio asesino.
—¡Maldita infeliz, suéltame! Eres una víbora traicionera. ¡Suéltame ahora mismo! —gritó, perdiendo los estribos—. ¡Soy la heredera de la familia Quintana! Si te metes conmigo, te metes con ellos. ¡Te van a hacer pedazos! ¿No tuviste suficiente con la paliza de la otra vez? Atrévete a tocarme y haré que mi abuela mande a matarte.
Rocío intentó usar el peso de su supuesto apellido para aterrarla. Estaba convencida de que una mujer de origen humilde como Hanna temblaría de miedo al escuchar el nombre de los Quintana.
—Yo no tenía intenciones de arruinarte, tú me obligaste. Te dije que si me devolvías las cenizas y dejabas de molestarme, desaparecería.
—Podías hacer lo que quisieras con Luciano, me tiene sin cuidado. Pero no, te di la oportunidad de que cada quien siguiera su camino y no la aprovechaste. Tenías que intentar destruirme.
—Acabo de grabar toda tu confesión y se la enviaré a mi abogado ahora mismo.
—A partir de este instante, si intentas cualquier otra jugada sucia contra mí, ¡entregaré esta evidencia a la policía!
—Se sabrá la verdad sobre cómo orquestaste mis lesiones y el asqueroso montaje que intentaste hacerme hoy. Todo saldrá a la luz.
—¡Hanna, eres una desgraciada! —Rocío se retorcía de arrepentimiento y furia—. ¡Me engañaste! ¡Me hiciste hablar! ¡Dame esa grabadora!
Hanna la ignoró, se dio la vuelta hacia la puerta y lanzó una última advertencia:
—Dejé una alarma que se activará automáticamente en una hora; el personal del hotel vendrá y te desatará.

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