—¿Hola? ¿Quién habla?
—Hanna, soy yo —resonó la risa fingida y empalagosa de Rocío. A Hanna le dio asco escucharla.
—Esta noche es mi fiesta de compromiso, espero que asistas.
Hanna la rechazó de inmediato.
—No tengo tiempo.
—Hanna, voy a casarme con Luciano, ¿acaso te mueres de envidia? Tú le serviste ocho años como una esclava y te quedaste sin nada, mientras que yo, sin mover un dedo, me quedo con toda su fortuna y disfruto de la victoria. ¿No te duele en el alma?
Hanna no tenía intención de seguir escuchándola. Estaba a punto de colgar, cuando la otra pareció adivinarlo y se apresuró a decir:
—¡No cuelgues todavía! Te lo digo por tu propio bien. Si cortas esta llamada, te aseguro que las cenizas de tu abuela terminarán en el fondo de un inodoro.
—¿Me estás amenazando?
—¿Qué esperabas? Fue mi prometido quien pagó por el entierro, así que nosotros decidimos qué hacer con esas cenizas. Esa anciana muerta no me sirve de nada, pero no puedo tener un compromiso sin tus bendiciones. Ven, da la cara para que vea lo feliz que estás por nosotros, y te devolveré esa urna.
—De acuerdo —respondió Hanna, frunciendo el ceño—. Mándame la dirección, iré.
—¡Perfecto! A las siete de la noche en el Palacio del Sol. Te estaré esperando.
Hanna colgó el teléfono.
Sabía perfectamente que Rocío no tenía buenas intenciones, y sospechaba que esta emboscada no era solo para restregarle su triunfo en la cara.
Pero, al fin y al cabo, era un evento público. Iría, reclamaría las cenizas y se iría de inmediato.
Si Rocío intentaba hacerle daño, no se quedaría de brazos cruzados.
A las siete de la noche.
Hanna llegó puntual al Palacio del Sol.
—Brindemos. De ahora en adelante, yo caminaré bajo el sol de mi felicidad junto a mi Lucho hasta que seamos viejos, y tú seguirás tu propio camino. Y, por favor, deja de arrastrarte tras él.
—Exacto, deja de acosar a Luciano —intervino Tatiana Soler, con copa en mano, apoyando a Rocío.
Desde que Rocío hizo pública su identidad como heredera de la familia Quintana, Tatiana había cambiado de bando de inmediato y se le había pegado como garrapata, siendo más servil que nunca. Incluso se había atrevido a desafiar a Luciano, culpándolo de casi hacerla quedar mal. Para ella, cuando Rocío cobrara su herencia, sería una mujer más rica e intocable que el propio Luciano.
Esa noche, la mayoría de los invitados habían sido traídos por Tatiana, todos ansiosos por codearse con la supuesta gran heredera, colmando a Rocío de halagos y alimentando su vanidad.
Pero Rocío aún tenía una espina clavada.
Y era que Luciano no aparecía por ningún lado.
Esto la carcomía de furia por dentro, y estaba decidida a destruir a Hanna antes de la boda oficial.
Al ver que Hanna no tomaba la copa, Tatiana, siempre lista para adular a Rocío, atacó:
—Hanna, ¿acaso no tienes sentido común? Rocío es una verdadera mujer de alta sociedad, invitarte a ver un poco de mundo es un favor que te hace. ¿De qué te la das? Que te ofrezca un trago es un maldito honor, no seas malagradecida. Si rechazas esta copa por las buenas, te la haremos tragar por las malas.

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