Hanna abrió los ojos de par en par.
La voz profunda y amenazante de aquella mujer le resultó extrañamente familiar.
Pero no era una familiaridad cálida, sino un terror visceral, arraigado en lo más profundo de sus recuerdos.
Fue suficiente para paralizarla por completo.
Sin embargo, Hanna jamás había visto a esa anciana en su vida, ni recordaba haber escuchado antes ese tono tan hostil.
¿Ella era Doña Marisol Quintana?
¿La legendaria matriarca que gobernó la élite hace veinte años? ¿La mujer que, según las noticias, estaba a punto de regresar al país para recuperar su imperio?
La fortuna de los Quintana era una leyenda local; todos sabían que su riqueza había crecido exponencialmente antes de que se mudaran al extranjero.
La mirada penetrante de Doña Marisol se clavó en Hanna.
—¿Dijiste que te apellidas Mendoza?
Hanna se estremeció al escuchar su tono. Había tanto odio reprimido en los ojos de la anciana que sintió que le faltaba el aire.
Aun así, respondió con firmeza.
—Sí.
Doña Marisol la señaló con un dedo acusador.
—Ese apellido merece ser golpeado.
Hanna le sostuvo la mirada, sin pestañear.
—Si usted cree que tener un apellido es motivo para ser golpeada, hay cientos de miles de personas con este apellido en el mundo. ¿Por qué no va a golpear a todos los demás?
La furia de Doña Marisol se encendió aún más.
—¡Si no la matan a golpes hoy mismo, los despido a todos!
Si los Quintana querían pasarles por encima, los Larios no iban a permitirlo.
Ya no eran la familia más poderosa como hace veinte años. Hoy, el Corporativo Larios dominaba la región.
Doña Marisol miró a Luciano y luego a Rocío, claramente sorprendida.
Antes de ir, Rocío le había jurado que era el verdadero amor de Luciano y que él haría cualquier cosa por ella, sin importar lo ridículo que fuera.
Lo cierto era que Rocío no tenía una sola gota de sangre Quintana. Era hija de Gustavo Luján, el antiguo chofer de la familia.
Doña Marisol lo sabía perfectamente. Pero al regresar al país, necesitaba peones, y Luciano era el candidato ideal.
Durante años, la anciana había estado en guerra constante con el verdadero heredero legítimo de los Quintana. Aunque nadie lo sabía públicamente, las disputas legales habían llegado a los tribunales en múltiples ocasiones para evitar que él tomara el control total de la fortuna.
Ahora que necesitaba afianzar su poder en la ciudad, requería aliados dispuestos a ensuciarse las manos. Y entonces, apareció Rocío.
Rocío le ofreció la solución perfecta: si Doña Marisol oficializaba su matrimonio con Luciano, los Larios se convertirían en su ejército personal.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó