Rocío temblaba de pies a cabeza, con los ojos llenos de lágrimas.
Jamás la habían humillado de esa manera.
Unos minutos después, la policía la arrestó por robo. Mientras la arrastraban hacia la patrulla, no dejaba de gritar como desquiciada.
—¡Lucho, no puedo ir a la cárcel! ¡No quiero ir a la cárcel...!
—¡No me abandones! ¡Hace dieciocho años no te dejé solo, no me dejes tú a mí...!
—¡Me arrepiento tanto de haberte conocido, Luciano! ¡Te odio!
—¡Te amo, Lucho! ¡No nos des la espalda a mí y a tu hijo!
-
Por fin todo había terminado.
Hanna ya no tenía apetito, así que le pidió a su chofer que la llevara directo a casa. De repente, el conductor le avisó que un vehículo los seguía.
Con una simple mirada supo que se trataba de Luciano.
Aunque su primer instinto fue ignorarlo, sabía que aún no era el momento de exponer su conexión con Damián Quintana, así que decidió pedirle al chofer que se detuviera cerca de un túnel.
Al ver que el auto de Hanna se detenía, Luciano frenó de inmediato.
Ella solo quería exigirle que se largara, pero en la mente de Luciano, ella lo había esperado a propósito.
Con el rostro iluminado, caminó hacia ella y casi por inercia intentó abrazarla.
Hanna lo esquivó de un ágil movimiento, su expresión cargada de profunda hostilidad.
—¿Por qué vienes persiguiendo mi auto? Lárgate.
Sus palabras cayeron como bloques de hielo.
Al percibir su frialdad, Luciano sintió la urgencia de seguir justificándose.
—Lo de Camilo... apenas me enteré hace menos de un mes de que era hijo suyo. Ocurrió mientras estabas en el extranjero. Esa vez le exigí que abortara, y aceptó. Si hubiera sabido que Camilito era hijo de ella, jamás habría permitido que lo adoptáramos. Como tú ya no querías tener hijos, pensé que te haría compañía. Cuando empezaron los malentendidos con el niño, quise alejarlo de nosotros. Hanna, de verdad no sé en qué momento me equivoqué tanto para que me odies de esta manera.
Hanna lo escuchó con el rostro inexpresivo, como una roca imposible de calentar.
—¿Qué sentido tiene decir todo esto ahora? —preguntó—. Hace mucho que tomamos nuestros caminos. Tú elegiste a Rocío, y yo elegí amarme a mí misma.
—En lugar de seguirme, deberías estar controlando el circo mediático que se viene, y pensando cómo vas a darle la cara a Don Ricardo. Claro que, si decides firmar el divorcio y casarte con Rocío, te doy mi bendición.
Le dejó en claro que estaba perdiendo el tiempo con ella.
De pronto, Luciano pareció recordar algo. Cayó de rodillas frente a Hanna y la miró desde el suelo.
—Rocío no puede ir a la cárcel... Perdónala, por favor. ¿Sí? ¡Te pido perdón de rodillas en su nombre!

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