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Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó romance Capítulo 149

Hanna la agarró violentamente del cabello. Rocío gritó tan fuerte que casi se desmaya, pero Hanna no se detuvo y le propinó una tremenda bofetada.

El golpe fue durísimo.

La mejilla de Rocío se hinchó al instante.

Rocío no podía creerlo, jamás imaginó experimentar un dolor tan intenso.

El pánico se apoderó de ella:

—Señorita Mendoza, perdóname, no...

Antes de que pudiera terminar, otra bofetada le cruzó el rostro.

—¡Ah! —Rocío aullaba de dolor—. ¿Cómo te atreves...?

Hanna esbozó una sonrisa fría.

—¡Te estoy dando tu merecido!

—¡Ya te he soportado demasiado!

—Te diré exactamente por qué tengo derecho a golpearte. ¡Porque soy Hanna Mendoza! ¡Porque soy la esposa legal de Luciano Larios y la señora de la familia Larios! ¿Te parecen suficientes motivos? ¿Y tú qué eres? ¡No eres más que la amante que destruyó mi matrimonio, y todavía tienes el descaro de venir a gritarme en mi cara! ¡Parece que ya te cansaste de vivir!

Rocío temblaba de pies a cabeza, llorando a mares por el dolor.

Las fuertes y sonoras bofetadas hicieron que su rostro se hinchara como un globo.

Fueron diez bofetadas exactas. Rocío no dejaba de gritar y gemir de agonía.

Nadie jamás le había dado una lección como esa.

Cuando los golpes cesaron, seguía gritando. Entre balbuceos incomprensibles, llamaba a Luciano. Tenía la cara completamente entumecida.

Las marcas de los dedos, superpuestas unas sobre otras, daban escalofríos.

Llorando, se preguntaba dónde demonios se había metido Luciano.

Estaba segura de que la maldita de Hanna se las había arreglado para distraerlo. Había planeado esta golpiza con antelación, ¡cómo se atrevía a dejarla en ese estado!

Fuera del baño, se escucharon unos pasos apresurados.

—Yo me encargaré de ella. No te preocupes, jamás te pondría una mano encima por ella.

Rocío seguía temblando, incrédula.

—Lucho, ¿vas a permitir que me trate así? ¡Me duele mucho, Lucho! ¡Hanna me rompió las piernas, gasté más de tres millones en curarme! ¡Vine con toda la sinceridad del mundo a pedir perdón por lo que hizo Camilito, y ella me da una paliza sin motivo en un lugar como este! Lucho, ¿ya no te importo en lo absoluto?

Habían pasado tantos días sin verse que a Luciano se le había olvidado por completo el asunto de Rocío. Su cabeza había estado ocupada en un solo pensamiento: encontrar a Hanna.

En ese instante recordó que le había prometido pagar sus gastos médicos, algo que se le había borrado de la mente.

Pero en ese momento, realmente no tenía ganas de lidiar con eso. Primero, porque la multitud empezaba a aglomerarse fuera del baño, y segundo, porque no quería seguir lastimando a Hanna.

Luciano se quedó mirando a Rocío por un momento. Aunque la lesión de Hanna había ocurrido hacía tres meses y era casi imposible descubrir la supuesta verdad a estas alturas, estaba seguro de una cosa: si Rocío no hubiera hecho un escándalo en el cumpleaños de Don Ricardo, el abuelo jamás lo habría obligado a firmar el acuerdo de renuncia de Camilito. Si no hubiera abandonado al niño, nada de lo que siguió habría sucedido.

Visto de esa forma, Rocío tenía gran parte de la culpa por la parálisis de Hanna.

Y, pensándolo bien, en aquel entonces Hanna estaba sumida en la depresión, lo único que le importaba era su cirugía; no tenía ninguna intención de hacerle daño a Rocío.

Por lo tanto, era muy probable que, al encontrarse de nuevo, Rocío la hubiera provocado, y que la reacción de Hanna no fuera más que defensa propia.

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