Se aferraba a la idea de que, si lograba encontrarla, podría enmendar sus errores y cuidarla como se merecía. Confiaba en que los años de amor que Hanna le había dedicado serían suficientes para que lo perdonara.
Pasaba los días buscándola sin descanso, sin dormir, y cada vez que abría los ojos sentía que se ahogaba, desorientado. Al no dar con ella, las llamadas de su secretario Mauro no paraban de sonar.
Tenía que regresar a su país por cuestiones de trabajo. El día antes de su vuelo de regreso, no dejaba de suspirar, lamentando tener que dejar a Hanna sola en el extranjero.
Fue entonces cuando recibió la noticia de la salida a bolsa de Sistemas Fotónicos. Luciano supo de inmediato que, como principal accionista de la empresa, ¡Hanna tendría que estar presente en la ceremonia de la campana!
Un día antes de la cotización.
Hanna ya había regresado al país.
La ceremonia de apertura del día siguiente era el momento más importante de su carrera.
Sería su primera aparición pública como presidenta de una empresa que cotizaba en la bolsa.
La compañía tecnológica, de la cual tenía el control absoluto, estaba a punto de dar el gran salto.
Su patrimonio neto se dispararía a miles de millones, convirtiéndola en un referente de éxito empresarial en la industria. Ese había sido su sueño desde niña, y por fin lo estaba haciendo realidad.
El ambiente en el recinto donde se daría el campanazo era vibrante. Muchos de los grandes magnates de la ciudad habían acudido para apoyarla, especialmente algunos de los empresarios más influyentes.
Hanna se estaba arreglando por última vez en el auto. Su secretario la esperaba en la entrada del evento para escoltarla en cuanto llegara.
Luciano y Julián Serna estaban en la sala de espera.
Su relación era pésima. A pesar de ser ambos accionistas importantes de Sistemas Fotónicos, ni siquiera se dirigían la palabra.
Al ver que Julián no había llegado con Hanna, Luciano sintió un gran alivio.
Sabía perfectamente que durante todo ese tiempo, Julián había estado gestionando la firma de documentos y los trámites legales que requerían la aprobación de Hanna, por lo que estaba seguro de que no habían pasado un solo día sin comunicarse.
Lo que realmente atormentaba a Luciano era que, desde que Hanna le dejó aquella carta, no había vuelto a tener contacto con él.
La tela estaba adornada con cientos de diamantes de la más alta calidad que destellaban con vida propia, realzando su elegancia. Cada uno de sus movimientos hacía que la falda vaporosa ondeara como el agua, dándole un aire etéreo, como el de un espíritu del bosque.
Solo una verdadera princesa podría lucir un vestido tan hermoso, puro y deslumbrante con tanta naturalidad.
Y en ese momento, no cabía duda de que Hanna era la verdadera reina del lugar.
Desde que pisó el recinto, acaparó todas las miradas.
Y no era para menos, su belleza era deslumbrante.
Además de aquel espectacular vestido púrpura, llevaba su largo cabello castaño partido por la mitad y peinado en ondas suaves. Su cuello, blanco como la porcelana, lucía un collar de diamantes verdes, una de las joyas más raras del mundo. Parecía verdaderamente sacada de un cuento de hadas.
Se diferenciaba por completo de las demás invitadas, que vestían trajes formales y llevaban los labios pintados de rojo. Su estilo no desentonaba en absoluto; al contrario, llevaba la elegancia y la gracia a su máxima expresión.
Las luces del lugar, que parecían crear un efecto estrellado, la iluminaban de tal manera que toda ella resplandecía, y en sus ojos parecía reflejarse una galaxia entera.

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