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Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó romance Capítulo 138

La enfermera volvió a negar con la cabeza, asustada por el tono de Luciano.

—No lo sé, señor. Pero antes de irse, dejó un sobre en la recepción. Dijo que era para quien viniera a buscarla.

A Luciano se le iluminaron los ojos. Estaba seguro de que Hanna no se atrevería a desaparecer de su vida. Ese sobre seguramente contenía la dirección de su nueva clínica.

—¡Démelo, rápido! —exigió, con el corazón latiendo a mil por hora.

La enfermera hurgó en un cajón y le entregó un elegante sobre blanco.

Años atrás, Hanna solía dejarle cartas de amor escondidas en sus cosas. Él nunca les prestaba atención; la mayoría terminaban en la basura sin abrir.

Pero esta vez, rasgó el papel con una desesperación absoluta.

Desplegó la hoja y leyó las únicas dos líneas escritas con su delicada caligrafía:

«Luciano Larios, nuestro vínculo como marido y mujer ha llegado a su fin. En la vida o en la muerte, nuestros caminos ya no se cruzarán».

Luciano se quedó mirando el papel, paralizado, como si le hubieran arrancado el alma del cuerpo.

Grandes lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas.

Si hubiera sido un acta de divorcio legal, al menos habría habido margen para negociar, para negarse a firmar. Él habría tenido el poder de decir que no.

Pero esto no era un trámite. Era una sentencia definitiva. Hanna le anunciaba que el amor estaba muerto y le exigía que no volviera a acercarse jamás.

Una ola de arrepentimiento puro lo aplastó.

Lanzó un grito desgarrador que retumbó en los pasillos vacíos del hospital, un aullido cargado de un dolor tan inmenso que las piernas le fallaron y se desplomó inconsciente contra el suelo frío.

Las enfermeras corrieron a llamar a los médicos de guardia. Lo reanimaron con urgencia, pero en cuanto Luciano abrió los ojos, rompió a llorar como un niño desconsolado.

Apretó la carta arrugada contra su pecho.

«En la vida o en la muerte, nuestros caminos ya no se cruzarán».

Cada palabra era una puñalada directo a su corazón.

Hanna realmente lo había desechado.

Nunca pensó que unas simples palabras escritas con tinta pudieran causarle una agonía tan asfixiante.

Si no se hubiera dejado engañar por las artimañas de Gustavo Luján, no habría presionado a Hanna para que le cediera su única salvación.

—No acepto esto. ¡No lo acepto!

—Mientras yo no firme el divorcio, seguiremos siendo esposos.

—Mientras haya matrimonio, aún hay esperanza para nosotros.

Hablaba solo, como un lunático, ante la mirada atónita del personal médico.

Se arrancó las vías intravenosas, saltó de la camilla y salió corriendo del hospital.

Tenía que encontrar a Hanna. Esta vez estaba decidido a rogar, a suplicar, a humillarse si era necesario. No importaba cuánto lo rechazara, él se arrastraría a sus pies y no la soltaría jamás.

Sin embargo, aunque movilizó todo su poder corporativo, pagó fortunas a investigadores privados y contrató a los hackers más letales del continente para vulnerar las bases de datos médicas, el resultado fue siempre el mismo: cero.

No había registros, no había traslados. Hanna Mendoza simplemente se había esfumado de la faz de la tierra.

—¡Es imposible! ¡Tiene que estar en alguna parte! —Luciano recorrió como un poseído todas las clínicas privadas del país.

Pensó que tal vez ella y Dyson habían urdido un plan maestro para esconderse bajo identidades falsas y así evitar que él la molestara por el tema de Rocío. Registró meticulosamente cada uno de los hospitales asociados al doctor.

Justo cuando pasaba en su auto frente a la clínica donde estaba internada Rocío, su teléfono comenzó a sonar.

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