Por supuesto, la furia hervía en la sangre de Rocío, pero como Luciano le había congelado sus tarjetas, sabía que no tenía un centavo a su nombre.
Y Gustavo... su padre había despilfarrado lo poco que tenían en los casinos del extranjero. Ahora estaban en la quiebra absoluta. Si querían efectivo, Rocío tendría que vender sus bolsos de diseñador de edición limitada en el mercado de segunda mano, algo que le dolía más que perder un brazo.
No estaba en posición de armarle un escándalo a Luciano. Si él se ofendía y se largaba, ¿quién iba a pagar la cuenta astronómica del hospital?
Por lo tanto, la mejor estrategia que encontró Rocío fue cerrar los ojos, regular su respiración y fingir que estaba profundamente dormida por los sedantes, evadiendo la realidad.
Sin embargo, en su mente, maldecía a Hanna Mendoza con las palabras más ruines. Estaba convencida de que esa mujer había usado brujería o alguna artimaña vulgar para hipnotizar a Luciano, logrando no solo que no le quitara a su doctor, sino que empezara a dudar del teatro de la amputación.
Mientras tanto, Luciano escuchaba atentamente al especialista extranjero. Con cada frase, su rostro se ensombrecía más y más.
El Doctor Herbert le explicó que, en ese momento, Rocío no estaba en condiciones de entrar a quirófano. Lo primero era limpiar los tejidos necróticos, controlar la severa infección y drenar las heridas. Hasta que la inflamación no cediera por completo, operar era garantizar el fracaso.
Además, le aseguró que ese tipo de traumatismos, aunque aparatosos, eran sumamente comunes en deportistas extremos, habiendo casos mucho más espeluznantes. Con un buen plan de reconstrucción, la probabilidad de éxito era casi absoluta.
Luciano sintió que la sangre le hervía de rabia.
Acababa de darse cuenta de que Gustavo Luján lo había manipulado vilmente. Lo hizo ir como un perro desesperado a arrancar a Dyson del lado de Hanna, ¡cuando Rocío ni siquiera necesitaba una cirugía de emergencia!
Gustavo quería retener al mejor neurocirujano del mundo con excusas inventadas, con el único y retorcido propósito de sabotear la recuperación de Hanna.
Y él, como un imbécil absoluto, se había prestado para esa bajeza, lastimando a su esposa de la manera más cruel posible por un berrinche ajeno.
La vergüenza lo carcomía por dentro.
Quizás el Señor Quintana era un enviado de su familia real.
Antes de morir, su abuela adoptiva le había dicho algo a medias: murmuró que sus verdaderos padres eran gente de un poder inimaginable, probablemente al mismo nivel que la dinastía Larios. Le dijo que ella había nacido para ser una princesa.
Años después, Hanna contrató investigadores privados para escarbar en su pasado, pero todos los informes indicaban lo mismo: un accidente de tráfico fatal donde sus padres fallecieron, dejándola con un trauma psicológico que borró por completo sus recuerdos de infancia.
Por eso anhelaba tanto conocerlo. Quería saber si él era la llave para descubrir quiénes eran sus verdaderos padres.
Al ver que el jefe de escoltas guardaba el teléfono, Hanna lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Y bien? —preguntó ansiosa—. ¿El Señor Quintana accederá a verme?

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